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LEMA ORANTE
“Somos, como vida, algo más que personas”
JLP 30082026*
Nos llaman a orar con la percepción de que somos sintonías con la Creación.
Nos llaman a orar para percibirnos en este universo… desconocido, pero sustentador de un milagro como es la vida.
Nos llaman a orar para que esa vida, desconocida pero activa, encuentre un sentido universal. Y así cada ser se aperciba de que, además de ser habitante del universo, de un universo, alberga en su conformación un equivalente a ese universo. Con lo cual, a la hora de ejercitarse “en vida”, deberá –en justa correspondencia con lo que es- mostrar su universalidad ante lo que le acontezca, ante lo que sucede, ante lo que imagina, ante lo que sospecha.
La grandeza del ser no se desarrolla en base al intimismo ególatra de los recursos personales que se tienen, que se valoran, que se manejan y manipulan para exclusivo beneficio personal.
Amparado en “lo personal”, el ser se auto secuestra. No intima con el entorno. Se oculta. Mantiene las justas referencias. Y al ocultar su identidad por el propietarismo personal, se define como “persona”. Y es ahí donde se incuba el egoísmo, la soberbia, la vanidad, que no necesariamente ha de ser grandiosa y…
¡No!, ¡no! Es suficiente con vivir en el aislamiento necesario para que nadie sepa de ti. Es suficiente.
Somos, como vida, algo más que personas.
Está bien la adquisición personal de la identidad –bien, está bien-, pero es totalmente insuficiente, impropio de nuestra naturaleza, a la que nos negamos una y otra vez a expresarla, a mostrarla, a enseñarla, para salvaguardar nuestras miserias.
Triste, ¿no?: ser un habitante de un universo inconmensurable, y vivir como un nudo continuo en la garganta.
Triste.
La Llamada Orante nos estimula para que nos descubramos más allá de “personas”. Porque amparados en “la persona” –cada persona-, perdemos la perspectiva de creación, de universo, de infinito, de insondable, y la persona se convierte en el gueto de 15 metros cuadrados, 20 metros cuadrados… En definitiva, un cuadrado que se puede autosatisfacer a sí mismo durante un rato; el resto, es un incordio hacia el entorno.
Y ahí podemos comprobar cómo ese convivir, ese compartir se hace tosco, áspero, difícil, controvertido, versionado… porque “cada persona” ve las cosas de una forma, porque “cada persona” …
El secuestro universal del ser es convertirse en “persona”, y hacer un fortín de sus experiencias, de sus vivencias.
¿A quién sirve eso? ¿A quién sirve?
¿O solo sirve para buscar esclavos que se sientan atraídos por nuestra egolatría?
Las costumbres personales, las leyes personales, las ganancias personales, los logros personales no son más que un recuelo de atracción hacia cada identidad. Y claro, se sintoniza con algunos, pero hay controversia con todos, en realidad.
Eso no hace falta demostrarlo, está.
Y ocurre, sí, cierto –también nos reclama la Llamada Orante– que estamos en una etapa costumbrista, personal, en la que eso es normal. Todo se hace normal. Y la excepcionalidad, la innovación, la novedad, cuando se presenta como tal, es un aviso de atracción para ganar adeptos.
La Llamada Orante nos incide en la necesidad de conocernos, en la bondad de descubrirnos, y ser bálsamos los unos de los otros, ser alivios sin recompensa, sin ganancias, con la sensación de ser útil.
No parece haber descanso en la contienda personal.
No parece haber alivio en los guetos individuales.
¿Será que pertenecemos a una dimensión diferente a la que por tanto tiempo hemos cultivado para alcanzar los derechos personales?
¿Será que hemos puesto nuestra atención excesivamente en nuestros logros personales, y no nos hemos sentido unidad con lo creado, unidad con la vida? Y de ahí que tengamos que protegernos, que tengamos que cuidarnos, que tengamos que asegurarnos, que tengamos que prevenirnos… Nada de ello haría falta si el ser se instaura en la universalidad bondadosa de la vida.
Y no resulta una labor imposible universalizarse, creativizarse.
Y no supone –no supone– una negación de nuestros aportes. Pero esos aportes, esa característica de cada ser es una cualidad de un todo, de una unidad llamada “vida”. Y en la medida en que se secuestra a sí misma y deja de ver esa unidad, perturba la dinámica global de los aconteceres, de las convivencias y de las sintonías hacia un sentido.
Cada ser, por su existencia, por su origen, tiene garantizada su capacidad universal, su intención integradora, su versión liberadora.
En la medida en que el ser reconoce su origen creacional, en la medida en que se sitúa en lo universal, en esa medida, la diáspora de su ser se funde con todos los demás seres, y deja de seccionar, rotular, separar.
Nos hacemos integración misteriosa.
Todos los criterios de seguridad, equilibrio, orden, paz… –y ese largo etcétera en esa onda- son rigurosamente exclusivistas, racistas y sectarios.
El Universo y la Creación es un desequilibrio permanente, gracias a lo cual se promueve, se expande y se recrea permanentemente. Y todo lo que hay en ello –incluidos nosotros– está en esa frecuencia.
El aparente “equilibrio” se corresponde con una expresión de un gran desequilibrio.
La aparente seguridad es tan solo un espejismo que se derrite ante la primera, segunda o tercera contrariedad.
El hedonismo del dominio y la certeza personal de la personalidad razonable, es una sierra con dientes que termina mellada, sin capacidad…; porque se ha puesto tales fronteras, se ha puesto tales seguridades, que no puede salir de ellas.
Estamos atravesando una epidemia de importancias personales. Y en ellas hay daño continuo, incomodidad, rabia, desespero, incomprensión, imposibles diálogos.
Como seres orantes, debemos preservar nuestra esencia creadora, creativizar nuestra posición, engrandecer nuestro sentido de la belleza, promocionar nuestra innata bondad, y hacernos ecos –ecos, ecos- de todo lo que ocurre, para ser intencionados y perseverantes alivios, y abandonar el personalismo exigente, imprudente, retorcido.
No. No nos merecemos, como expresión del misterio de la vida, no nos merecemos ejercitarnos en guetos individualistas, racionalistas, “verdaderos”, “auténticos”… y, por supuesto, los demás no.
No merece la vida, en general, que una especie en particular rotule de violencias, envidias, rabias, tendencias, guerras, hambres…
Hay, hay… –no es fácil de escuchar, no, pero se puede escuchar- hay como un reclamo de la vida como misterio; hay como un reclamo a esa fracción de vida –que es una fracción- que es la vida humana; hay como un reclamo hacia esa vida humana para que se haga consciente de su integración en ese universo desequilibrado, expansivo, asombroso, inabarcable…
Hay como un reclamo del amar de las mares, de los mares, ¡de las aguas!, para que nuestros amores se hagan muestras naturales de nuestro ser.
Parece existir un reclamo, una llamada de atención de todas las flores del mundo, para que caigamos en la evidencia de la belleza, del arte, de la creatividad, del descubrimiento, del asombro. Que seamos un suspiro de ternura; un suspiro de ternura en la que no tenga cabida la renta, la apariencia ni la ganancia.
Sí. Se puede escuchar –aunque resulte difícil-… se puede escuchar esa demanda vital de lo viviente hacia la actividad de humanidad.
Y es así que todo lo viviente nos reclama incorporarnos a ese misterio de vida.
Nos reclama a dejar de ser nuestros propios enemigos.
Nos reclama a contemplar la sinfonía del vivir, esa que no tiene principios ni fin.
Nos reclama lo viviente para que dejemos de sectorizarnos en parcelas, en escondites.
Hay que disponerse a escuchar. Sí; porque el ser de humanidad se ha hecho rey de la vida, y como contempla que puede destruir, recrear y construir a su capricho, no escucha, “se escucha”.
Pero ¿qué sería de él como humanidad, sin lo viviente, sin todo lo viviente?
Somos –somos– como especie, una gota; “una gota”.
Basta el detalle de que tan solo constituimos un “cero coma algo” de la biomasa de este lugar del universo.
Curioso. Proporcionalmente no somos ¡nadie!, pero nos creemos que somos ¡todo! Y ese “todos” es tan mágicamente disponible que se deja… –aunque a veces se queja- se deja tocar, manipular, cambiar, destrozar, quemar…
La disolución de la importancia personal y la inclusión en la creación universal, con la entrega incondicional de lo que se siente, lo que se vive, lo que se hace, es una posición y actitud que nos permite escuchar a lo viviente. Y quizás así podamos alumbrar, ¡alumbrarnos a otras perspectivas!, asumirnos en el misterio sin renunciar a la sorpresa, a la búsqueda, al asombro, al descubrir, al aprender.
Parece resultar, con todo ello, que no somos tan importantes.
Parece que el universo, la creación y la vida –quizás sea una exageración, pero bien vale para entender- no nos necesita. No. Con lo importante que…
“¿Qué sería de la vida –diría alguien- sin Shakespeare, sin Cervantes, sin Einstein, sin la bomba atómica, sin…? ¿Qué sería de la vida?”.
Seguiría… en una encumbrada posición inimaginable. Pero hete aquí que la vida ha querido, en el Misterio Creador, que haya este punto de insignificante biomasa que se cree el protagonista de la Creación.
Si descubrimos esta dimensión, sólo nos queda suplicar ¡Piedad!, Misericordia y Compasión.
La Llamada Orante puede parecer o resultar drástica y radical. Es todo lo contrario. Si así resulta es porque sólo estamos dispuestos a aceptar glorias y alabanzas sobre nuestra posición y reclamar el privilegio de nuestra especie, ante la Creación.
Y todo ello es una vanidad que, ciertamente, da lástima.
Como decían las abuelas super antiguas: “¡Ay qué lástima! Teniéndolo todo, lo ha perdido todo”.
Lo tenemos todo porque pertenecemos al Todo. Pero nuestra trayectoria como humanidad se hace engreída y soberbia, y se inclina a perder, porque aún está sujeta al “ganar” o “perder”. Y en ese afán de ganar, sabiéndose perdedora, se consume.
“¡Ay qué lástima! ¡Ay qué pena! Teniéndolo todo, lo ha perdido todo”.
Piedad. Misericordia. Compasión.
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