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LEMA ORANTE

“Transtemporalidad transcendente”

JLP 08022026

 

La Llamada Orante nos anuncia que somos –como especie, como humanidad, como expresión de vida- una instancia trans-temporal; una expresión más de la trascendencia.

 

¿Y qué implica esta transtemporalidad?

 

Que a lo largo de un “sinfín” de sucesos, acontecimientos, instantes… se van incorporando diferentes vivencias, distintas circunstancias que no pasan en balde. Que al igual que vemos a una persona adulta y nos cuenta sus infancias, su adultez, su evolución, pareciera que ahí empezó y terminó la vida de ese ser; mas todo lo que nos ha contado es una parte ínfima de su transtemporalidad, que, a lo largo de un transcurrir infinito, se incorpora… y nos abre la posibilidad de contemplar cualquier acontecer con una visión transcendente, transtemporal, en vez de quedarse –como es lo más frecuente- en el momento en que sucede esto o aquello, y que rápidamente se condena, se aplaude, se premia o se castiga, se enjuicia o se libera….
Y así, la humanidad ha ido intentando –“intentando”- incorporar esa trans-temporalidad a través de la historia. Pero falta el detalle –sin menospreciar su valor histórico- de que todos los aconteceres no han sido situaciones de desecho y de pasado, no. Están ahí, están en nosotros, forman parte de nuestra corpórea presencia.

 

Muchas veces se plantean superaciones de esto y de aquello. Instantáneamente sí, es cierto, es cierto.

Instantáneamente. Pero como seres transcendentes, transtemporales, no es válido. No. Porque esa expresión de ahora es un encaje de aconteceres, una sintonía, una adhesión-incorporación de miles de millones de situaciones.

 

Cierto es que resulta difícil –sí, resulta difícil- el ver con esa perspectiva, puesto que implica conocer, aprender, descubrir, estudiar, saber… Pero ¡todo eso está en nosotros!

 

Es abrir nuestro libro, que está expandido por este pequeño lugar del universo.

 

Tendemos también a buscar esa causa-efecto. Y no, no es así. Momentáneamente nos puede resultar fiable. Momentáneamente. Pero, a poco que indaguemos, nos resulta ser una fracción, no una universalidad.

 

Somos así; o es así la vida, aplicada en nosotros: una progresiva comunión de sucesos que se engarzan, que se recombinan…

 

Tenemos una buena muestra de ello en lo que ahora se considera lo más identificativo de la estructura de naturaleza del ser, que es su genoma, en el que las combinaciones se pierden en cálculos incalculables y, en consecuencia, en manifestaciones infinitas.

 

Surgimos en el infinito, nos hacemos eternidades… Y en consecuencia, la Llamada Orante nos reclama que asumamos los ser y estar como algo… no solamente dinámico, sino tras… ‘trans-temporal’, ‘trans-cendente’.

 

Quizá, a la hora de definir esa transcendencia-transtemporal se nos haga difícil, pero podemos percibir la sensación que la palabra nos da, según la cual, universalizamos nuestras visiones en el sentido de percibir lo que ocurre y cómo ocurre, y qué referencias hay en torno a ello…

 

Y cómo tenemos trazas de diferentes tiempos y culturas, que no se pierden.

 

Ciertamente, no hay algo que se pierda. Como decía Einstein: “Ni se crea ni se destruye, únicamente se transforma”. Pero se nos queda pequeño eso, cuando hablamos de lo transtemporal y transcendente, puesto que esa sentencia –interesante, sin duda, y muy aplicable- se queda pequeña cuando lo hacemos transtemporal y lo llevamos al universo, y lo sintonizamos con el Infinito y lo Eterno. Ahí jugamos con factores aparentemente poco operativos; pero realmente son los que operan.

 

La tendencia a concretar, a fijar y quedarse ahí, cuando, en realidad, lo que realmente nos permite entrar en esa transtemporalidad-trascendente es justamente –a partir de ese detalle, a partir de ese momento, a partir de ese acontecer- amplificarlo…

 

Y si se amplifica, nos vamos a dispersar y a encontrar infinitud de detalles que, cuando se integran, nos dan ese acontecer puntual de ese momento.

 

Eso es a nivel práctico.

 

También, sin duda, “podemos” –entre comillas lo de poder- situarnos en un vacío, en esa vacuidad fecunda en la que emergen inesperados recuerdos, sensaciones, deducciones… como si fueran sueños. ¿Serán, los sueños –además de lo cotidiano-, partes activas de ese transtemporal tránsito que hacemos en el infinito, eternizándonos?

 

En el ejercicio cotidiano de esta sugerencia orante, estaría la actitud de relativizar, de contemplar el transcurso bajo esa visión de transtemporalidad.

 

Y así, lo que parecía importante, llamativo, significativo… empieza a mostrarse como no tan importante, no tan llamativo, no tan significativo. Y en la medida en que lo diluimos –saliendo del estrecho momento del embudo, hacia la amplitud de su infinitud-, podremos ser y dar una respuesta operativa liberadora. Que, sin duda, va a llegar hasta unos niveles “X”, pero que nos va a sacar del juicio rápido de la condena; nos va a quitar la radical posición de la verdad.

 

Y es más: las… –por resumir, claro- las cuatro cosas que teóricamente sabemos, resultará que no son sabidas, que tienen otra naturaleza y que abarcan muchas más perspectivas. Por tanto, no podemos secuestrar nuestras capacidades a esas cuatro cosas, pero no podemos tampoco anularlas, sino, a partir de ellas, descubrir sus diferentes niveles –que las integraron hasta darnos esa visión de lo que sabemos-.

 

No es difícil darse cuenta de que, en cualquier rama, lo que se sabía de esto y de aquello, ahora –y ahí está un error- se considera que era falso. No. No era falso. Era la posibilidad y el recurso que teníamos. Y gracias a ello hemos entrado en otra dimensión: en lo que consideramos ahora “bueno” y “mejor”. Ejemplos, hay infinitos.

 

Incluso también –por supuesto- al revés: lo que se consideraba negativo, impropio… ahora se puede considerar valioso.

 

O sea que tendría esas dos facetas: la de negar lo anterior por falso, o asumir lo anterior por auténtico.

 

En realidad, no hay ni falso ni auténtico. Eso es una patraña de poder. En esa pirámide de influencias, el que llega a determinada posición, en determinado nivel, se arroga la idea de la verdad.

 

Cierto es que, cuando se asume una posición que –para nosotros- debería ser importante, como el Wu Wei –el “no hacer”- o como decimos ya a nivel más genuino: el “hacer sin querer haciendo, o debiendo”, se corre el “riesgo” de… –entre comillas, riesgo- de que “todo da igual”, que es lo mismo el adorno que la eficacia, que es igual tal alimento que otro: “si, total, se van a juntar”. Y así podemos entrar en un –como se decía antes, ahora se dice menos- en un “pasotismo” que se hace inoperante, tolerante, y ni siquiera permisivo sino indistinto.

 

No estamos transcurriendo en esos niveles, ahora; más bien se transcurre social y culturalmente en niveles radicales, tensionales, competitivos, gananciales, compulsivos, guerreros, envidiosos, vanidosos. Parece como si hubiéramos recogido… “Bueno, y de todo ese mercado de transtemporalidad transcendente, vamos a recoger lo que peor hemos considerado, ¡venga! Y así jugamos con ello un rato y ya nos libramos”.

 

A veces parece esa sensación –o aparenta esa sensación-.

 

Parece que hemos coleccionado todos los errores u horrores que se han producido, y ahora se ponen en ejercicio; y se gestan mediocridades que se arrogan el instinto de poder y de la verdad.

 

Y es así que podemos tener una visión catastrofista total, sin otros recursos que esa recogida de errores que reclaman su vanidad y su prestigio.

 

Mientras –también- otras posiciones adoptan la actitud de huida, de correr hacia otros extremos.

 

Si asumimos la transtemporalidad como elemento trascendente, no caeremos en el fácil discurso de la acusación, de la condena, mientras –obviamente- barremos en las esquinas y escondemos nuestros “obligados deberes”.

 

No caeremos tampoco en la huida precipitada hacia cualquier otra vanidad, que se presenta a veces como santificante.

 

O esa tercera opción de quedarse ahí, en la indecisión permanente que no arriesga, que no se atreve… –pero ¡hacia ningún lado!-… por ese miedo a equivocarse o ese “respeto humano”.

 

Es curioso lo del respeto humano: importa más lo que piensen o digan los demás, que lo que uno perciba de lo que debe ser o estar, y cómo debe uno encauzarse.

 

Eso, más que respeto humano, es esclavitud humana.

 

Y no es que no se tenga en cuenta la opinión del entorno. ¡Claro que hay que tenerla en cuenta! Pero nos tenemos que exigir nuestra participación ¡honesta!, nuestra participación decidida, ¡valiente!, de ir hacia una dirección, con esa trastemporalidad trascendente; liberados de la condena del presente o del juicio del pasado o de las torturas que vendrán en el futuro.

 

Ahora la humanidad se arrastra hacia la vulgar incompetencia y la mediocridad persistente de un combate de valores y de una aparente… –pura apariencia- aparente verdad o verdades; pero a la vez trastocadas, para que no se sepa qué es, cómo es… suponiendo que se sepa.

 

(7 m de silencio)

 

Estamos cercanos a un abismo en el que la destrucción, el deterioro, la pérdida de identidad, se acumula como –incluso- moda y como actitud libertaria.

 

Y “sin desdeñar” –por lo transfemoral que hemos dicho-, sí se nos encienden las alertas y ciertas alarmas… para no caer en el costumbrismo, la desidia, la indiferente inoperancia, y sí entrar en esa vigorosa aventura de a lo que nos llama este tiempo de conversión, de purificante actitud.

 

En este oráculo de “La Disolución, El Valor de lo Fundido”, disolvemos lo estructurado y lo inamovible para ver sus componentes, y ver todo lo que ha sido transformado para, en su aplicación, salirnos de la obstrucción de lo rígido y entrar en la flexible consciencia de lo adaptable, de lo evolucionante, de lo evolucionado, de lo trascendente.

 

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