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*LEMA ORANTE La oración de la resistencia JLP 23082016*

 

Y el ánimo de la humanidad se hace progresivamente romo y dehiscente. Va hacia una disolución de su entusiasmo, de su alegría, de su disfrute, de su gozo.

 

La razonable voluntad de conseguir, de lograr, de alcanzar, de tener, de poseer, de dominar, de controlar, de manejar, de manipular… se hace poderosa. Y afecta, esa posición actual, a toda la humanidad. No es patrimonio de unos –poderosos- sobre otros.

 

La plantilla, el formato, la manera en que el poder diseña la posibilidad de llegar a él, hace que los seres vayan adoptando esas voluntades racionales de logro, que se hacen exclusivamente partiendo de las capacidades del ser, de un tiempo productivo –pequeño, comparado con el tiempo de improductividad o baja rentabilidad-.

 

Y es así que el humor, el ánimo, el ánima del ser se hace huidiza; y pareciera que forma otra parte de nuestro cuerpo: como si fuera otro brazo, u otra cabeza, u otro pie.

 

Poco a poco se va apoderando la lógica razón, intelectual e inteligente, de la capacidad y dominio. Y en consecuencia, la improductiva actitud de ánimo, de entusiasmo, de participación, de ayuda… se hace muy difícil; se hace intermitente; se hace a veces ocasional, y se llega a razonar y a entender por qué el ánimo del entusiasmo y la curiosidad no tiene desarrollo: puesto que lo importante, ahora, es producir, ser rentable, ser aprovechable.

 

Ya se nos fue acondicionando esa famosa frase de “hay que ganarse la vida”.

 

La vida ¿se gana, realmente?

 

¡Sí! Se puede decir, y de hecho se dice: “Bueno, es una palabra, en definitiva”.

 

Sí, pero es que la palabra crea. Crea, a fuerza de repetirla y repetirla. Y a veces sin repetirla. Condiciona una actitud, una respuesta, una disposición: “Hay que ganarse la vida”.

 

Otros, a veces apuestan por el delirio: “Y aunque me cueste la vida, sigo buscando tu amor”.

 

Voilà! ¿Ese es el pago que supone amar?: ¿perder la vida?

 

La vida, ni la hemos encontrado, ni nos la hemos producido, ni nos la tenemos que ganar, ni tampoco la podemos apostar. Fundamentalmente porque no sabemos qué es.

 

Y la hemos colocado ahí, con definiciones fisiológicas…; la hemos –como especie- condicionado a un determinado –‘de-terminado’- afán, preocupación y dedicación…

 

Y… ¿y qué queda? ¡Ah! Porque también existe “el Misterio de la Vida”.

 

¿Cómo se ganaría –puesto que hay que ganarse la vida- cómo se ganaría “el Misterio de la Vida”?

 

También otras veces se dice –también-: “Hay que buscarse la vida”.

 

“Ganarse la vida”, “buscarse la vida”, “perder la vida por amor”…

 

Claro, ahí es difícil mantener un humor, un ánimo. Si tienes que buscar, si tienes que ganar, si tienes que morirte… No son acciones que gratifiquen, así, de entrada, ¿verdad?

 

No se puede… –aunque el ser se empeñe- no se puede disociar el ánimo, el ánima, de la inteligencia, la razón, la lógica. Se ha hecho en virtud del desarrollo del poder, del dominio y de la violencia, pero es simplemente poner una verja, ¿no? Pero no cambia el paisaje: sigue siendo un espacio enrejado, no un espacio natural.

 

No obstante, se sigue apostando… –y ahí viene la Llamada Orante para su referencia- se sigue apostando por esa “división” del ser entre su inteligencia, su capacidad, sus recursos, sus logros, y su ánimo, sus sueños, sus fantasías, sus ilusiones…

 

¡Claro! Además, inmediatamente viene la otra frase que dice que “de sueños no se vive”, pero también hay otra que dice que “no sólo de pan vive el hombre”.

 

Frases todas dicotómicas, enfrentadas, separadas.

 

La Llamada Orante nos da el recurso de desarrollar, de incidir en la unidad del ser. Porque las evidencias –aunque en el caso del pensamiento humano se secuestran-, las evidencias del Misterio de la Vida nos hablan de “una Unidad”; con muy diversos componentes, pero que todos, y cada uno en particular, necesita de otros. Ninguno vive por su propia decisión. No emana de su “nada” a su “estar”.

 

Esa evidencia de unidad es la que nos permite darnos cuenta de que no… no es el camino más preciado, precioso, el hacer esa dicotomía, esa radical separación.

 

Cuando la especie dejó de ser nómada y se asentó, se sedentarizó, pasó del espacio de compartir, de transitar, de convivir, a apropiarse, dominar, acorralarse en su logro. Y a partir de ahí, ese modelo se fue expandiendo, siendo el único modelo, y quedando las “humoradas”, las almadas plegarias, a veces en el baúl de los recuerdos, y otras en lugares curiosos… en donde se recuerda que también hay fantasía, también hay entusiasmo. Pero todo eso –y es significativo, y nos lo señala la Llamada Orante-, toda esa potencialidad procedente del deambular antes de sedentarizarse, se ha ido convirtiendo poco a poco en materia rentable: un sueño rentable, una poesía rentable, una risa rentable. Poco a poco, la actitud poderosa de lo sedentario se ha ido buscando las maneras de hacer rentable cualquier ensoñación, y poner al servicio de la productividad, la ganancia y la seguridad algo que era propio del viandante, del nómada, del curioso. Como la criatura cuando, con corta edad, inspecciona los suelos, las esquinas, y todo le parece sensacional. No hay que animarle para que se entusiasme: el muñeco, la ventana, la luz, la flor… cualquier cosa. Pero poco a poco, la “educación”, la “cultura”, va domesticando, dominando esas tendencias, y las va poniendo al servicio de la utilidad de ese niño. Y si resulta que cantaba –cantaba, le distraía cantarse-, entonces se le pondrá un profesor de canto, se le llevará a la Escuela Nacional de Canto y se hará cantante, y producirá con su canción una economía y será rentable. Pero ¿tiene algo que ver ya con aquel niño que cantaba porque se divertía? No. Ya no. Ahora está sujeto a lo que le diga su profesora de canto, su profesor de canto…Una famosa –a propósito del canto- conocida por la mayoría de las personas, María Callas –la gran María- decía una frase que ilustra lo que acabamos de contar. Decía: “Desprecio a todos los seres humanos menos a mi profesor de canto. Gracias a él soy la diva, soy... quién soy. A ese no le desprecio”. “Me es rentable” –eso ya lo añadimos nosotros-.“Me es rentable, me es productivo, pero los demás son despreciables”. Frases de diva, pero que, indudablemente, muestran cómo ese suave proceso de canalizar el entusiasmo, el gusto, para convertirlo en renta, en: “Tú vales mucho, tú puedes, tú eres capaz”… ¡Eh eh eh eh eh! Ahí viene la alerta de la Llamada Orante: a saber –a saber- que cada humano reconoce en sí sus dones, ¡claro!, pero hoy, el canalizar esos dones se hace digamos que difícil, o lo ponen difícil, porque enseguida lo clasifican como: “bueno, y de esto, ¿qué?, ¿qué se va a sacar?, ¿qué vamos a obtener?”. Y es ahí cuando el orante ha de “apercibirse” de sus cualidades –¡sin comparar!-, y darles el cauce de ánimo, de gozo, de disfrute, en el sentido de que son sus dotes. Es la dote que el Misterio de la Vida le ha puesto. Que luego lo queramos llamar “su código genético”, “su herencia”... ¡bueno, bueno, bueno!, está bien. Sí. También, también, también. Pero hay algo más. Y ese algo más es el misterio de nuestra existencia, de nuestra presencia, de nuestro estar. Hay que tener en cuenta –sin duda es una cuestión de fe, sí, quizá-, hay que tener en cuenta que la llegada de cada ser a este universo guerrero tiene un sentido. Que no lo conozcamos es otra cosa, pero tiene un sentido. Y viene con una dotación, como hemos dicho, que es un misterio, pero que vamos descubriendo. Que por la casualidad, por la circunstancia, por el aprendizaje, vamos aprendiendo, ¡un poco!, a propósito de nuestros dones, que indudablemente están ahí para ejercitarlos, porque son necesarios para ese Misterio Unitario de la Vida. Si el ser se “identifica” –entre comillas- con su disposición a descubrirse, ¡a dejar que le descubran! –puesto que pertenece a una unidad-, será capaz de, sin duda, disponer del soplo, del aliento –misterioso, sí- que dé cauce a sus dones, a sus recursos propios; de los cuales somos responsables para cuidar, desarrollar y ponerlos al servicio “de”, puesto que somos una unidad y soy parte de esa unidad. Cierto es que, cuando el ser se dispone a tener esa actitud, fácilmente “la contra” del beneficio, la razón, etc., nos llama como la voz de su amo, como la voz de Pepe Grillo: “No, tú no eres capaz. No, no te creas eso. No, está muy difícil. No, cómo te vas a arriesgar. No, busca lo seguro. No, mejor hazte esto”.¡Claro! Claro. No es rentable –volviendo a las palabras iniciales- vivir del sueño y del ensueño personal. Pero, ¿y si –hipotéticamente, claro- resulta que, dando cauce a nuestro descubrir, a quien nos descubre, a cómo nos enteramos de lo que somos, apostáramos por ello? Y nos diéramos cuenta de que ese “apueste” por ello nos da gratificación, alegría, gusto, sonrisa, bienestar… Y no por ello vamos a ser negligentes, inoperantes… que esa es la contra que tenemos siempre: inoperantes, gandules…¡No! No. Precisamente es todo lo contrario: cuando el ser se descubre en sus dotes, en sus pequeños aportes, y se lanza en sus realizaciones, no hace falta pedirle esfuerzo, no hace falta buscarle motivación, ¡no! Eso viene incorporado con nuestros descubrimientos. Sí. El ser de humanidad actual, el que transcurre ahora preferentemente, ha perdido la fe en sus capacidades, en sus recursos, en su humor; consecuentemente, en su capacidad de amar. Si hay algo –todavía se puede percibir- que duele, es perder la fe. ¡En lo que sea!, ¿eh? No nos lancemos a la fe trascendental. No: ¡a lo que sea! Duele. Y recuperar la fe se nos hace como imposible, se nos muestra como inaccesible, incluso se hace inexistente. Y sobre todo se califica, a la fe, como “inútil”. La Llamada Orante nos reclama esa fe que va incorporada en esa ánima, en ese humor, en esa otra frase que dice: “Dios proveerá”. Ya estamos provistos, pero además nos proveerá. Estamos en un lugar –y esto es impresionante, ¿no?- estamos en un lugar de un universo que es ¡insondable! Y por otra parte, nos peleamos todos los días por tener un buen trabajo que nos esclavice y que nos rentabilice para poder pagar el seguro o la pensión o… ¿Qué es esto? ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? ¿Dónde está la inteligencia?A ver, volvamos al punto inicial:.- ¿Dónde está usted? .- En un universo insondable. De lo poquísimo, digamos, que sé –es un decir, “saber”, ¿eh?- pues habito en una galaxia y… Es una galaxia corrientita, no tiene nada de especial; más bien tiende a pequeña, dentro de lo que se ve por ahí. ¿Y no cabe preguntarse –así, de repente, ¡a bocajarro!-: ¿“Y qué pinto yo aquí, en esta inmensidad?”? No, no, no puedo remitirme a que soy uruguayo o paraguayo o español, o que vivo en la calle Méndez Álvaro 47, o que mi padre se llama Antonio y mi madre María. ¡No!, ¡todo eso no sirve! ¡No sirve! No sirve en ningún sentido. ¡No! Tengo que quedarme ahí suspendido y decir: “¿Dónde estoy? ¿Y ¡qué es esto!? ¿Y por qué estoy aquí? ¿Por qué?”.¿Qué es pensar? ¿Qué es sentir? No puedo esclavizarme a mi apellido y a mi profesión. ¡No! Soy un habitante del universo, y eso es insondable. No, no, no, no. La vida no puede ser “nacer, crecer, reproducirse, mantenerse, ahorrarse y morirse”. No. No, no, no. ¡Hay que resistirse! ¡Ah! Podía llamarse “la oración de la resistencia”. “¡Sí! Me resisto a que me pongan un cartel. Soy producto de un Misterio Creador. No me pongas ningún cartel. ¡No me atribuyas ninguna función! Déjame que descubra. Que, quien ha hecho posible mi presencia, sé que me da los recursos para aprender-me a descubrir-me y hacerme. Tengo que empezar a resistir”.Eso pudiera parecer… “la resistencia”, que ha sido tan famosa en numerosas ocasiones de la historia de la humanidad, ¿verdad?: la resistencia francesa, la resistencia española, la resistencia… “La resistencia”. Incluso llevaba su frase también: “Resistir o morir”. ¡Qué poca gracia! Se supone que “resistir” lo que persigue es ¡la vida eterna! ¡No hay dualidad! Resisto para eternizarme. No para... Porque si es “resistir o morir” es que estoy peleándome otra vez. No. Me tengo que resistir a ser un Objeto Terrestre Sí Identificado. Sí. Tengo que pasar a ser un OVNI: Objeto Volante No Identificado. Sí. Me obligarán a sacarme mi carné de identidad, mi pasaporte, etc., etc., etc., pero yo sé que todo eso es... “apariencia”.En la medida en que me resisto a cualquier clasificación, me descubro con ilusión, me doy cuenta de la infinitud de detalles, de momentos, de circunstancias. Y el mundo, ese que me quieren pintar, ¡se me hace pequeño! Desde la resistencia, el mundo que me quieren pintar se me hace ¡muy pequeño! Y no, no puedo casi respirar. Así que necesito, desde la resistencia, respirar, contemplar el mundo ¡mundial!: ese que no tiene fronteras; que como decía la canción: que “como la primavera, no precisa jardín”.En algún momento habrá que enarbolar nuestra presencia increíble, insondable. Y por su misterio, pues imprevisible y divertida. ¡Oh, sí! Parece –según los “establishments”- que hay ciertas palabras que en oración no se deben pronunciar, como “diversión”, “gozo”, “disfrute”… No. Hay que ponerse serio, circunflejo, circunspecto. Y ver que, como habitante del universo mundial, resulta que voy a pensar que hay un Creador que está todos los días con un winchester en la mano, para dispararme cada vez que hago las cosas mal… No, no, no. Está con polvos de talco en la mano –en todo caso- para que no me roce, para que no me equivoque, para que insista en mi fe, ¡para que proclame mis dones!, ¡para que sirva de entusiasmo! Sí. Con polvos de talco.Esa fe es liberación. Esa fe es solución continua y permanente. Esa fe no admite problemas, admite soluciones. No se achanta o, mejor dicho con otra palabra, no se amedranta con las dificultades, con los inconvenientes. ¡No! Es como un juego. Sí: si aquel abrió con Peón-4-Rey, es un juego. Caballo-3-Alfil dama. No me asusta que el otro tenga el centro. Ya veremos cómo nos compaginamos, cómo nos relacionamos.Y si en verdad vamos con el entusiasmo de nuestra existencia, no hay muros ni alambradas que nos detengan. Nos dificultarán, nos criticarán, nos acusarán… Sí. Probablemente.Pero la consciencia de universo del ser que se siente misterio, y obediente a sus bienes y sus dones –como obsequio de la Creación, que llamamos “vida”-, tiene su espacio, tiene su lugar, tiene su necesidad. Y en base a ello, el orante, el creyente ha de actuar. Porque lo trajeron. No por casualidad, por causalidad.Y como resistencia a ser dominado, escrito y numerado… debemos cultivar la paciencia. Sí. Debemos cultivar la bondad cotidiana. Debemos disponernos hacia “la solvencia” que nos da nuestra presencia. Y vibrar en la consciencia de sentirnos agraciados.¡Que atrás quede el castigo, la crítica, la renta, el logro, el alcanzar!... Y que nuestros pies sean los ágiles predecesores de levitaciones fantásticas, a las que podamos argumentar con acciones, con ejemplos, con testimonios, con sin-ce-ridades.No, no somos un número, no somos una nacionalidad. No, no somos una residencia, no somos una bandera. Somos un Universo Creador, la expresión de una Unidad de eternidad. Y decirle a nuestra inteligencia: “igual que creo en la renta, en invertir, en lograr, en calcular, en alcanzar… demos un poco de creencia a la Unidad, a la Misteriosa Presencia, al aliento que permanentemente nos alivia, nos anima, nos hace resistentes a doblegarnos como esclavos, nos hace entusiastas liberados de la venta y compra de nuestro ser. ¡Ahleluyah!***

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