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LEMA ORANTE

“Todo lo que surge de lo creado nos es propio”

JLP 04102026

 

El diálogo humano atraviesa un recorrido de confusión, un recorrido de interrupción, y los llamados “malos entendidos”.

 

La individualización, de una forma radical e introspectiva –mirándose hacia sí mismo-, se expresa en ese aspecto, y en consecuencia no conecta con otro, que se está escuchando a sí mismo.

 

Hay una sordera exterior. Y hacia ese lugar –hacia ese exterior- se proyecta lo que el individuo siente y piensa: lo que coincida en el diálogo –¡ah!- se entenderá, se comprenderá, se asimilará; lo que no, quedará en entredicho.

 

Estos días, la Organización de Naciones Unidas, en su octogésima primera reunión, nos muestra una catarsis política jamás vista. Un lenguaje personalista y, por supuesto, atracador de uno sobre otro.

 

Más de 190 países se muestran en sus personalidades, con sus ataques correspondientes y sus defensas: las amenazas y los miedos son las más recurrentes.

 

No hay una intención de propuestas, ideas… En el mejor de los casos es expresar que “así no se puede seguir”, que “hay que tener en cuenta a los necesitados”, que “la crisis económica”, “la crisis del medio ambiente”, “la crisis de la inteligencia artificial”…

 

¿Hay alguna “promoción humana” que no esté en crisis?

 

Será difícil encontrar, a nivel de cierta globalidad.

 

Y sí podrá estar en corpúsculos que se cuidan, que se alertan, que proyectan, que se desarrollan.

 

La Llamada Orante nos susurra a propósito de nuestro lenguaje, nuestras ideas, nuestros proyectos, en el sentido de que son y están en sintonía con todo. Y que en la medida en que no se prevé quién es el interlocutor, cuál es su posición, cuál es el lenguaje que entiende y comprende –mientras esa alerta no se despierte-, los rebotes de expresión se van a continuar con una violencia cada vez más proyectiva, proporcionalmente exponencial.

 

El contemplar el convivir y el compartir como un reto, como una dificultad, como un enemigo… implica una guerra inevitable: desde en las pequeñas cosas hasta las teóricamente grandes.

 

Una torpe pero eficaz estrategia es: al escuchar, responder primero lo que se ha entendido, de lo que nos han dicho. Lleva más tiempo y parece un poco “torpe”, pero de entrada nos llevamos sorpresas. Y, sobre todo, ganamos en posible comprensión.

 

En nuestro lenguaje la palabra crea, sin duda. Y cada vez es más evidente. Y una expresión o una transmisión no entendida, supone o puede suponer una angustia, una ansiedad, una preocupación. Y es que no se ha entendido. No se ha dicho claramente.

 

La persona ha hablado para sí misma, y el interlocutor ha escuchado para sí mismo, luego ha entendido… lo que en su organigrama se interpreta por tal o cual palabra.

 

A partir de ahí se desencadena una cadena de interpretaciones que crean una perturbación…; una perturbación en cadena que nos encadena a refugiarnos en nuestra mismidad. Y eso no somos. Somos una universalidad. Y estamos en ese tiempo de crisis, que no es nuevo, que transcurrimos en él desde hace un tiempo, pero que se agudiza por momentos.

 

Y así ocurre en la información mundial, en donde cada vez es más escueto el mensaje y menos explicativo el desarrollo.

 

El gran titular aparece, y, cuando se va a la esencia, es algo más que el titular y… y una pequeña cosa más.

 

Y toca horadar y horadar sobre ese titular, para buscar informaciones reflejas o interpretaciones “dudosas”, y poderse hacer una idea de lo que probablemente se dijo, se manifestó o lo que se entendió.

 

Y luego, no obstante –por supuesto-, la réplica del parlamentario, que puede hasta afirmar que nada de lo dicho fue dicho por él.

 

¿Con qué nos quedamos?

 

Sin duda, el haber llegado a esta situación es porque se ha producido un fenómeno de contagio. Y cada uno, para guardar y salvaguardar su posición, se escuda en su mismidad, en su sectarismo, en su individualismo… y las “inevitables” comunicaciones se hacen ásperas, difíciles, y muchas veces inentendibles; o lo que es peor, malinterpretadas.

 

Y fíjense en lo que transitoriamente antes se ha dicho: a partir de esa información, que no es la correcta, el sujeto elabora toda una serie de propuestas y proyectos y acciones y decisiones, que hubieran sido otras muy diferentes si hubiera entendido, comprendido y asimilado el verdadero mensaje.

 

Y es así que… preciso se hace acudir a la llamada que nos reclama, a esa Llamada Orante. Es preciso buscar ese lenguaje vertical del silencio, que nos promueve y nos provoca hacia la fantasía, imaginación, interpretación, intuición… y prospección de lo que vemos.

 

Se hace así, la oración, el lenguaje vertical que nos permite luego horizontalizarnos.

 

Y es así que es posible ver en el otro su verticalidad, su intencionalidad, y poder interpretar con claridad lo que se transmite.

 

En esa catarsis de la ONU que hemos mencionado y que estamos siguiendo más o menos de cerca, los intérpretes más significativos nos muestran una colosal confrontación. No obstante –no obstante- las grandes potencias se nos muestran afables, amables y cooperantes entre sí; lo cual nos alivia por lo que de ahí se puede generar.

 

Aunque por medio, lo mediocre… –y no es que lo potente sea especial, pero lo es como potencia- lo mediocre, que es lo genérico, se encarga de amedrentar, asustar, prevenir, en base a escuchar frases como:

“Es posible que en los próximos meses –“próximos meses” pueden ser 3, 5, 10, 12, 24, 36, 42, ¿no?- Francia, Italia y España sufran ataques soviéticos o rusos”. “Y no –ya contesta España- y no tenemos medios para defendernos”.

 

Eso puede quedar como: “Bueno, sí, vale, todo es posible”, o puede quedar como: “Huy, me voy a cambiar de casa. Voy a ver si gano más dinero. No, me cambiaré de país. No. Yo creo que sí, esto es probable, esto es posible”.

 

Fíjense la catarsis interna que puede generar una noticia de que: “probablemente, en los próximos meses, la guerra la tengamos aquí”

 

Claro. Huiré… –a la hora de asimilar- huiré ¿a dónde? ¿A dónde?

 

Y mientras, efectivamente, no encuentro “a dónde”, el miedo se apodera del ser, se angustia. Llena su hogar de comidas y recursos para aguantar un asedio, por ejemplo.

 

En esos niveles se mueve la crisis.

 

La endogamia personal se hace potente, y con los medios y recursos se mantiene.

 

Y ejemplos, muchos hay, pero es evidente que se percibe en el contacto con el exterior.

 

Y de ahí que tengamos que asumir de inmediato la sugerencia de la Llamada Orante, para que nuestro proyecto, nuestro hacer, nuestra intención, nuestra prospección, esté clara, sea compartida, seamos conjugados. Porque eso es lo innato.

 

¡No podemos seguir manteniendo que el perro es el mejor amigo del hombre!

 

¡No se puede seguir sustituyendo afectos por mascotas!

 

Y eso no nos va a quitar la interrelación con el medio; más bien al revés: nos la va a situar en el justo medio para no desquiciar a otras formas vivientes, para no esclavizar a otros seres vivientes.

 

Y tenemos que tener todo ello claro, por la función que nos corresponde como seres que tienen –y todos lo tenemos- vocación sanadora.

 

Debemos tener la información, la formación y la transmisión permeable, para que los que nos escuchan confíen y vean la evidencia de esa confianza, y a su vez modifiquen y también ejerzan en ese sentido. Y establecer otra cadena diferente a la que hay, que es una cadena de horrores, sin duda, porque es una carrera de armamentos, de conflictos, de desentendidos.

 

Las leyes cada vez se hacen más impracticables, interpretables y, en consecuencia, desorganizadas.

 

Y la mínima estructuración supone un esfuerzo que no se corresponde o no se debería corresponder. Más bien debería ser una fluidez creativa, innovadora.

 

Pero cierto es, sí, que cada vez que hay propuestas, sugerencias, innovaciones… el sujeto se echa atrás, se asusta: “¡Ay, no! No, no puedo, no, no”. “¿Y cómo…? ¿Y entonces…? ¿Y…?”

 

La Llamada Orante nos promueve y nos provoca hacia la creatividad, la innovación, el arte, la libre interpretación, la muestra de sinceridad.

 

Y, obviamente, nos saca de cualquier zona de confort en la que hemos podido estar o en la que se está.

 

Y así, sin tiempo, siempre hay tiempo.

 

Así, si es mucho, en realidad es poco.

 

Así, si no puedo, en realidad es posible.

 

Nos llaman a orar para acrecentar nuestra fluidez, nuestra comunicación, nuestra versión proyectiva, nuestra capacidad asociativa, nuestro servicio clarividente, nuestra disposición hacia la ayuda. Y que nunca caiga en la obligación, o que esa ayuda se convierta en una obligación de… ¡tiranía!, como tantas veces ocurre.

 

La solidaridad es imprescindible, pero a la vez, esa solidaridad debe promocionar a los individuos que la conforman, para que cada uno aporte su validez, su valía. Que lo solidario no termine por abolir el aporte personal. Vuelve la frase “enseñar a pescar, y no, dar pescado”.

 

Es así que, en ese hacer solidario y sanador, también enseñamos, aprendemos.

 

Y en la medida en que sabemos, nos hacemos creativos, innovamos. Es todo… una secuencia de carambolas.

 

Pero si, por el contrario, el ser va con su identidad radical, no hay carambolas; hay confusión y golpeos a diestro y siniestro.

 

No demandemos lo que podemos hacer. No exijamos lo que podemos dar. No reclamar lo que nos corresponde realizar.

 

Atender continuamente a esas tendencias que de una forma u otra esclavizan y nos esclavizan.

 

Se ha de mantener el compromiso individual con el colectivo, con el social, simultáneamente. No vale decir:

 

“A ti te toca. Yo no sé de eso”. “It´s not my problem”. Sí, sí es mi problema.

 

Y por eso hay que estar informados, por eso hay que formarse: para tener una opinión, para generar un criterio.

 

Y en esa medida, estaremos conectados con lo que realmente, probablemente, casi seguro que es lo que esté ocurriendo. Y tengamos los recursos, por supuesto, para transmitir la mejor de nuestras ofertas.

 

El ser, por su naturaleza de estar en una permanente Creación, por habitar en una expansión infinita y potencialmente expansiva –en el sentido de acelerada-, cualquier circunstancia que se presente tiene, por su naturaleza, recursos para solventarse, solventarla.

 

Así que de nada sirve la angustia, el temor, la preocupación… toda esa cadena de inútil servicio que se consume, que consume.

 

Como expresión creadora que somos, y en permanente Creación, todo lo que surge de lo creado nos es propio y, en consecuencia, la dificultad es una apariencia.

 

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