top of page

LEMA ORANTE

Providenciales, singulares, liberados, imprescindibles y necesarios”

JLP 10052026

 

Y cada ser –nos relata la Llamada Orante- es un proyecto, una provisión, una necesidad y un recurso hacia el transcurrir de la Vida.

 

Difícil sería y es, para nuestra capacidad mental, cómo diseñar un ser, cientos de seres diarios… para que encajaran en un proyecto que inevitablemente llamamos “Divino”. Con ello se quiere decir que lo que llamamos suerte, imprevisión y sorpresa… está bien en cuanto a reconocer nuestra ignorancia. Pero, bajo un plano orante, la reseña es que cada ser es imprescindible y necesario.

 

Y sólo nos cabe el pensar que eso se corresponde con una capacidad infinita, con un misterio: Misterio Creador.

 

Esto puede quedar como una atractiva propuesta, pero cada Llamada Orante es una llamada a nuestra consciencia, es una llamada a nuestro transcurso de estar. Y, en consecuencia, tiene una aplicación.

 

Y así, entonces resulta que nos encontramos con aquéllos, los otros, los de más allá, los cercanos, los lejanos…; y al encontrarnos con no solamente la idea de humanidad, no solamente lo humano, sino lo viviente, si aplicamos esta sugerencia orante deberíamos modificar –sí- nuestra percepción, nuestra relación con todo nuestro entorno, en el que nada sobraría; en el que todo es imprescindible y todo es necesario.

 

Disolveríamos así lo adecuado, lo que necesito, lo que no quiero, lo que me gusta, lo que no me gusta, lo que estoy de acuerdo, lo que no estoy de acuerdo…

 

Y eso no significa –por supuesto- que no observe mis evaluaciones, mis tendencias, mis… Sí. Pero es distinto, si estoy ante alguien o ante algo o ante una situación, considerar que eso ha sido mala suerte o que aquél es el malo o que aquél es el bueno, a considerar que aquél es imprescindible y necesario.

 

Que tiene su –digamos- “razón de ser”, y que se escapa sin duda a nuestra capacidad cognitiva.

 

Así que sí tiene una aplicación inmediata.

 

Y esa aplicación inmediata supone un investigar, un buscar, un descubrir, un aprender, un practicar, un perseverar, un esperanzar…

 

Y ello nos va a permitir que la calidad –la calidad- y la calidez de nuestras vivencias con el conocido, el desconocido, el amigo, el enemigo, el erróneo, el certero… todas esas clasificaciones que solemos hacer, empiecen a diluirse y empecemos a dar respuestas universales.

 

Es obvio que el enfrentarse, el combatirse, en esta visión no tiene cabida. Porque aquel que es malo, bueno, mediano o regular es una inspiración gestada por el Misterio Creador. Y es Misterio Creador encarnado. Y es portador del mensaje a través de su estar, de su hacer, de su pensar.

 

En realidad, todo este proceso nos lleva a mantener un respeto hacia todo lo viviente.

 

Puesto que es una representación, una expresión, una muestra del Misterio Creador, tiene su sentido, su…

trascendencia.

 

Y lo que “nos toque” –aunque todo nos toca, pero lo que nos toca en el sentido de percepción, de darnos cuenta- es lo que debe transcurrir.

 

Y esto supone que, además de aceptar y aceptarnos, podamos indagar y descubrir nuestras potencias, nuestras virtudes, que serían el extracto de nuestra presencia.

 

Inútiles resultarían las disquisiciones, prejuicios, controversias, tensiones… Más bien indagaríamos en las virtudes, en las circunstancias y en los aconteceres que se nos presentan, tratando –efectivamente y afectivamente- de encontrarle el sentido. E incluso, por supuesto: cuando hay algo que no tiene sentido, es una forma de sentido.

 

“Siento atracción o no siento atracción, pero siento”. Ya, el sentir más o menos es una cuestión circunstancial que no tiene la importancia que habitualmente se le da.

 

Y así aplicamos habitualmente nuestras estructuras, dogmas, puntos de vista, y ese largo etcétera de protocolo. Sí: cada ser se convierte en un protocolo que, si cuadra con otro, pues bien; si no, pues hay tensión, hay necesidad de imponer.

 

Pero no somos un protocolo. Ese desarrollo ha sido consecuencia de una posición de control, dominio, manipulación, represión; esa de “todos iguales”.

 

No. Parece como muy evidente que no somos iguales. Pero resulta que el planteamiento para una “paz convivencial” reside en que todos seamos iguales. Cuando sabemos que no lo somos. Es una gran contradicción.

 

Claro, el individualizar, el personalizar, supone… no precisamente un esfuerzo extraordinario, pero sí una actitud de ahondar en el origen, de sumergirme en el gusano interior del otro –y viceversa-, para descubrir la comunión con lo creado, la comunión con el Misterio.

 

El “todos iguales” sin duda simplifica la relación.

 

Y como acabamos de ver, si hay un joven salvadoreño que tuvo “algo que ver” con… –en plan de amistad- con otro que pertenecía a una facción, a la hora de valorar a ese joven, a otro… –así hasta un montón: unos 500- se les juzga… al montón. ¿Para qué van a individualizar, a personalizar la participación en aquello que ocurrió, según cada uno? No:

 

- ¿Esto quién lo hizo? ¿Un español?

 

- Sí.

 

- Pues cojamos a todos los españoles que hay en la zona y los juzgamos, y los condenamos a 7 años de trabajos forzados… o a aprender inglés en 15 días –sí, a razón de 7 horas diarias-.

 

- Pero, oiga, es que aquello que hizo este señor… primero, nosotros no participamos –diría alguien-.

 

- No, no, no. Da igual. Sois españoles y ya está.

 

Hay una famosa frase del libertador de las Américas, Simón Bolívar, que expresa muy bien la doctrina de Bukele. Decía o dijo: “Españoles y canarios, contad con la muerte aunque no seáis culpables”.

 

Ya está. De ahí a: “Judíos del mundo, contad con el exterminio aunque…”. “Rohinyás del mundo, contad con vuestro…”.

 

Y así podemos repasar grupos humanos que se intentaron exterminar. Algunos –si repasamos la historia-, se consiguió que “desaparecieran” –entre comillas-.

 

El juicio temerario y el juicio precipitado se encargan de ‘igualizar’. Y aunque ahora hay tendencias a personalizar determinadas situaciones, no es menos cierto que la generalidad se impone como una ley.

 

“Todos somos iguales ante la ley”.

 

¿La ley de quién? ¿Cuál ley?

 

Estas consideraciones nos pueden llevar a pensar, por un momento, “que sea un aceptador” de cualquier injuria o maledicencia o agresión, porque, como viene de un ser imprescindible y necesario… Error.

 

Respeto, hablo, compagino, comparo, con-senso, decido…

 

A la vez… –a ver si así penetra- a la vez que el acontecer nos muestra –según el Misterio Creador, según la

Llamada Orante- que cada ser es una expresión de ese Misterio, a la vez, cada ser es un ser liberado, liberador.

 

Y entonces, cada uno ha de incorporar también esa característica de nuestra insólita y singular presencia.

 

Somos presencias liberadas, liberadoras. Liberadas de un Misterio Creador. Liberadoras en el ejercicio de nuestra transmisión. Y eso nos lleva a ser trascendentes. Y eso nos lleva a darnos cuenta de que somos “providenciales”, porque provenimos de esa expresión de Misterio.

 

Así que: providenciales, singulares, liberados, imprescindibles y necesarios.

 

Voilà! Una mezcla… más que interesante. Porque, además, la posición de cada uno es trascendente.

 

Esto nos sitúa en una responsabilidad misteriosa, sin duda, que pudiera parecer, al oírlo así, como un peso:

 

“¡Con lo bien que se vive sin pensar en nada, haciendo lo que te da la gana!”. “Da igual 8 que 20, total, si al final…” y cuatro cosas más. Pero todo ese arsenal es decrépito. Sí, porque se agota ¡tan pronto!, se desespera ¡tan pronto!, que solo le queda el combate para poder tener ese criterio de que “todo sobra, menos yo”, de que “todo es usar y tirar”, de esa actitud determinista y… ¡soez!

 

Sí; soez porque, a poco que vea la espiga de un cereal, a poco que vea el afán de una hormiga, a poco que vea el balbuceo del lenguaje de una criatura, a poco, a poco, a poco que se vea… no puedo evitar el asombro, no puedo evitar el suspiro.

 

Al contemplar que una ballena de toneladas de peso, que se alimenta de “plancton” –lo mismo que el elemento fundamental que crea el petróleo-, sólo de eso, y es capaz de elaborar un salto sobre la superficie del mar, increíble, solo por el afán –deducimos- de jugar, de expresar su presencia…; es capaz de navegar kilómetros y kilómetros para llegar al sitio del apareamiento…

 

Es inevitable que comparemos. Necesitamos hidratos de carbono, proteínas, grasas, minerales… ¡Dios santo! Y si para aparearnos tenemos que recorrer tantos kilómetros… no seríamos ya los que somos. No.

 

¡Qué va, qué va!

 

Y somos… –bueno, entre nosotros decimos- somos inteligentes.

 

¿Cuál sería el lenguaje entre una ceiba y un cedro, por ejemplo –dos especies de árboles-, a propósito de los humanos que transitan por allí, en esos bosques?

 

Ya que sabemos que son inteligentes, seguro que tendrán un diálogo en el que en algún momento estamos incluidos, ya que nuestra incidencia sobre ellos –sobre ese reino vegetal- es contundente.

 

No, no. A estas alturas de la película, los mamíferos cetáceos –que también son inteligentes- no… Ni siquiera los delfines, que parece que emiten, que dicen… no. No sabemos de la opinión de otros seres vivos sobre nosotros. Las opiniones de nosotros vienen de otros de nosotros.

 

“Las opiniones de nosotros vienen de otros de nosotros”.

 

¡Ah! Poco objetivo ¿no?

 

Más bien.

 

Y es así que la Llamada Orante nos describe –más que definir- como seres que tenemos que incluirnos de otra forma diferente de la que habitualmente hacemos.

 

Y así que somos singulares, imprescindibles, necesarios, providenciales, trascendentes, liberadores, liberados…

 

Y cada uno con su matiz especial. Aunque todos emanamos de la expresión de un matraz fundamental.

 

El ejercicio de mi singularidad me lleva al respeto y al cuidado con el entorno.

 

Mi imprescindibilidad y necesidad me lleva a la responsabilidad testimonial complaciente.

 

Mi liberación me lleva a la sinceridad.

 

Mi providencial función me lleva al servicio.

 

Mi trascendencia me lleva a la admiración, a la búsqueda y al asombro de la vida, del vivir.

 

Y eso lo ejercito permanentemente. Y ese es el ejercicio que me da el vivir.

 

Dejo de ser un número, un protocolo, una costumbre, y me convierto en esa excepción… con todos esos atributos.

 

¡Que no son teóricos ni de invento! Son de revelada presencia y contundente evidencia.

 

No perderse en la falacia del saber, del poder, del dominio, del mando, de la razón y de la imposición.

 

Esa es la fuente de dolor, de herida, de inevitable destrucción.

 

No somos seres destructivos, somos constructivos.

 

Y a sabiendas de que “Nuestro Auxilio es el Nombre de” –nuestra referencia orante con la consciencia de ser Misterio Creador, como muestra insignificante del asombro de todo lo creado- tendré siempre los recursos para cualquier contingencia.

 

Y es así que permaneceré en el sosiego, en la serenidad, en la asombrosa historia del vivir.

 

“El vivir”.

Ámen

+ + +

bottom of page