top of page

LEMA ORANTE

El Misterio Creador entiende nuestro lenguaje, pero tiene el suyo propio”

JLP 19042026

 

Cada ser se siente importante.

 

Cada ser se siente, habitualmente, protagonista.

 

Cada ser se realiza, generalmente, de forma exigente.

 

Cada ser suele ser demandante de necesidades.

 

Todo esto –y algunas cosas más- coloca al ser, desde el punto de vista del ser humano, en un pequeño ídolo.

 

Uno es ídolo por su bravía, su poder. Otro es ídolo por todo lo que ha sufrido. Otro es ídolo por todo lo que ha conseguido. Otro es ídolo por todo lo que ha ganado. Otro es ídolo porque es y se siente bello.

 

Y así, un innumerable panorama de ídolos. Casi como para decir: “Un ser humano, un ídolo”.

 

Con lo cual, vemos que existe una idolatría humana de manera importante.

 

Cada ídolo asume una importancia que inevitablemente compite con la de otro ídolo. Y como cada ídolo se adora a sí mismo, mucho, es fácil que tropiece con otro que se adora también mucho.

 

Y es así como se establece una convivencia idolátrica. En esta convivencia idolátrica le resulta, al ser, muy difícil –o difícil- compartir con algo o con alguien que no sea él mismo.

 

Así, cuando llega el momento de encontrarse ante el Misterio, la importancia personal no puede entrar por la puerta.

 

Habitamos en un Universo Creador. Todas nuestras actividades están íntimamente ligadas con lo que se llama “vida”.

 

En la inmensidad del universo nos diluimos, desaparecemos.

 

Cuando nos disponemos a orar, debemos ser conscientes de que entramos en un lugar sin espacio, sin tiempo y sin ningún poder.

 

En ese universo no hay algo que me pertenezca.

 

Y es así como puedo darme cuenta de que La Nada me envuelve.

 

Ese envoltorio de Nada es el que me proporciona la consciencia de vivir.

 

Y así, cuando me dispongo a orar, lo que busco es sintonizarme con esa Nada Creadora.

 

Se establece así un extraño eco, en el que se escucha la palabra del orante, y el eco responde de forma diferente.

 

Y así el orante puede decir: “Quítame este dolor”.

 

Y el eco responde —la Nada— diciendo: “Buenas tardes”.

 

Por ejemplo.

 

Las filosofías y las religiones han intentado convencer al Misterio Creador de que aprenda nuestro idioma.

 

Pero hay que descubrir pronto –“hay que descubrir pronto”- que ese Misterio Creador desde La Nada no nos necesita.

 

Entiende nuestro lenguaje, pero él tiene el suyo propio. No necesita del nuestro.

 

Ante esa Nada envolvente, carece de sentido “pedir”.

 

Los ídolos necesitan de fieles que los adoren. Y suele ocurrir que, cuando el ser se dispone a orar, espera… –por la práctica que tiene en la vida- que la Creación, que lo Divino, que la Nada –llamémoslo de cualquier forma ahora- lo adore.

 

Y lo pretende con la idea de esa consciencia humana que se ha convertido en poderosa, en arrogante, en necesitada, y que se apoya en su saber y en su conocer. Y aquello que no sabe y no conoce, lo desprecia.

 

Tan importante, en “tan importante” se ha convertido la consciencia de vida de la humanidad, que solo ella parece existir.

 

Los recursos de la consciencia humana a la hora de orar, tal y como está hoy la humanidad, son inútiles, inservibles.

 

Es preciso desprenderse de la consciencia idolátrica de cada uno. Y al descubrirse desnudo, darse cuenta de nuestra absoluta dependencia con la Creación.

 

Los tesoros de aquí dejan de existir allí, en el espacio orante.

 

La actitud de humildad nos conduce a la sumisión ante lo creado.

 

Así es posible que nuestra presencia sea aceptada… y podamos intuir el lenguaje creador, y podamos sentir el verbo del silencio.

 

+ + +

bottom of page