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LEMA ORANTE

Puesto que soy milagro, debo ejercer como tal”

JLP 22032026

 

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Y a la vez que hoy se mide la influencia multitudinaria de unos con otros, de unos sobre otros, de unos debajo de otros, el ser se convierte en protagonista que busca la soledad, la autoridad, la distancia, la forma de influir de la mayor manera posible sobre su entorno, para extraer los recursos que considere más valiosos, según qué época y momento.

 

La llamada Orante nos pregunta a propósito de esa influencia: si se siente, si se percibe; si se está en disposición, en actitud de percibir la influencia de la Creación… o bien, se percibe, y ésta se convierte en apropio, en propiedad –por especial concepción del ser mismo, con derecho a ejercer su autoridad-.

 

¿Será que el ser ha convertido esa sensación de influencia de la Creación, en una “imagen y semejanza” –valga la referencia-, para ejercitarla en su micro universo?

 

Y volvamos –por poner una referencia- a las eternas luchas griegas de dioses y ‘paradioses’, ‘metadioses’, ‘ultradioses’… que nos han dejado el legado verbal neuro-lingüístico, costumbrista y originario, para sentirse poderoso.

 

Seguramente, los diferentes imperios –dícese de aquella estructura que establece dominio esclavista sobre amplios aspectos del entorno-… ejercieron esa influencia “como si fueran dioses”, almacenando poder, dictando sentencias, condenando actitudes y gestando miedos permanentes, para sentirse solicitados como cuidadores. 

 

¿Es esa… –nos dice la Llamada Orante- es esa la influencia que promueve la Creación, a sus seres? ¿Y en concreto a lo humano…?

 

¿O más bien esa influencia está en el orden del equilibrio, del descubrir, del aprender, del compartir, del conjugar? Del hacerse arte y contemplador. Ser consciente de la belleza creadora y, en consecuencia, evitar cualquier esclavitud, para que esta influencia de Creación se nos muestre –porque somos Creación-, y podamos ejercerla sin los tópicos que, heredados de normas, costumbres, leyes, nos someten a repetir.

 

Si bien es preciso repetir determinadas acciones para asumir su naturaleza, también sabemos que, cuando la repetición excede más allá de un número, aparece el desordeng, aparece la desestructuración, el combate y el deterioro.

 

Sí podemos admitir que nuestra trayectoria como especie, nuestra evolución como “viviente” es aún tierna y púber. Aun así, muestra rasgos de caducidad, muestra señales de fatiga, de debilidad, impropias de ese momento evolutivo –si es que así fuera-; más bien, bajo los criterios que se tienen hoy, los signos apuntan a un deterioro, a una corrupción que conduce a la destrucción.

 

No se trata de estar en un bando o en otro. Se trata –nos recalca la Llamada Orante- de descubrir la Creación creativa en nosotros: en nuestro estar, en nuestro hacer, en nuestras actitudes.

 

Es en oración –cuando nos llaman- cuando, en nuestra disposición de humilde sumisión, como parte creadora de la entidad creacional, nos podemos convertir en descubrir esas influencias que sin duda están, pero que se han tergiversado… convirtiéndose en un criterio de Creación, según el cual, la influencia sobre otros y el poder sobre el entorno es el signo cardinal de la Creación; y, obviamente, de la idea de que hay un Creador y hay unas criaturas, no la idea de la Creación, que son… todo lo que podemos decir que existe.

 

Tiene tintes de urgencia, el converso movimiento de –en las épocas de los influencers, de las influencias, de las biodiversidades, de las influencias de los imperios estables, promovidos y promoviendo a otros-… posicionarse con respecto a la Creación, al Misterio Creador, para no caer en ser condimento de vanidades, de un tinte o de otro, que continuamente se ofrecen al diálogo guerrero, a la actitud de destrozo de lo que no es propio.

 

¿Qué es lo propio?

 

El entorno humano nos apunta a estructuras radicales, impositivas, dominantes, corruptas, pero con el ejercicio de recursos sustraídos en otros tiempos y mantenidos ahora, para así someter, a la consciencia de humanidad, a la idea de poder: “Tú sí puedes”.

 

Y es así que, en consecuencia, con esa insistente intención de poder, cada uno va buscando su influencia, su capacidad de dominio y de control, no tu sobre sí mismo sino sobre otros.

 

La sutileza, el milagro continuo… –admitamos milagro- el milagro continuo de la vida está suplantado por la tosca razón, el impulso de la causa y del efecto.

 

E igual que se ve que el sol se mueve, pues… también se ve que el golpe gana. “El golpe gana”. Y ganar significa controlar y dominar, y hacer que el entorno te obedezca. Impedir su liberación creadora.

 

La Creación no ha sido un acontecimiento ordenado… y escalonado, como nos lo han contado.

 

Ha sido una expresión más –más- de esa Creación sin origen ni fin, que va mostrando sus imaginaciones, sus obras, su arte.

 

Y todo lo creado es Él mismo. Por eso lo creado es Él, y solo Él es Él –sin que sepamos quién es, porque no está en esa frecuencia-.

 

Cuando se nos muestran o incluso aceptamos –depende del lugar, costumbre y evolución- la existencia de milagros, nos estamos aproximando a ese sutil efecto Creador que con suavidad nos moldea, nos modela, nos configura.

 

Si tomamos como tránsito ese modelo milagroso, variará –como hemos comentado ahora mismo- variará de un lugar a otro su valor, pero está fuera del orden de sierra de la razón…

 

Si tomamos esa imagen…

 

Que la hemos escuchado muchas veces, pero que, en la medida en que “nos apoderamos de”, la sutil percepción del milagro como muestra de la influencia creadora se escapa.

 

No se pierde, sino que no se percibe.

 

Y es ahí donde la Llamada Orante nos hace incidir: en vernos como milagros, vernos con el manto milagroso que produce el latido, que recoge la inspiración, que se expresa en la espiración, que imagina, que colorea, que salta, canta….

 

De una forma panteísta, podríamos decir: “¡Todo es un milagro!”. Sí, podría valer siempre y cuando no quedara como una frase, y ya.

 

La necesidad, ahora, es de percibirlo como una evidencia, percibirnos milagrosamente. Y cada vez que intencionadamente nos propongamos, influenciemos, actuemos… tengamos esa sutil fragancia, porque el milagro es la imagen tosca de la Creación. Sí; la imagen, así, más cercana. No es la más sutil. La consideramos sutil desde la óptica razonable, lógica y empoderada. Pero, según la Llamada Orante, el milagro es lo más primitivo de la Creación.

Y desde nuestra posición de poder lo consideramos como lo más excepcional.

 

De ahí que debamos ajustar nuestras percepciones, y simultáneamente saber que el milagro es sutil expresión creadora, a partir de la cual se gesta lo creado.

 

Puesto que soy milagro, debo ejercer como tal.

 

¡No puedo ejercer como una vulgaridad mediocre, cansada, aburrida, sin claridad!, con todo perdido, ya sea en cómodos plazos o al contado.

 

Y, sí: sabemos que cuando la vanidad y la odisea del poder se agota, y el ser se encuentra en el punto de incapacidad, se reclama el milagro. A veces ocurre. La mayoría de las veces, no.

 

Quizás –quizás-, “la mayoría de las veces, no”, sería la expresión milagrosa; “lo mejor”.

 

Decididamente, no podemos seguir la senda que el poder nos impone.

 

El milagro de la vida es un acontecer continuo, infinito; y hacerme consciente de ello hace que pierda influencia –dominadora, controladora, represora-, el poder de turno que tenga más cerca.

 

Ese reclamo milagroso de conversión, ese credo –de creencia- que nos da la convicción de sentirnos, de percibirnos, de notarnos nuestra conformación y de ejercitarnos en nuestros sentidos, nos debe impulsar continuamente. Y en especial a la hora de las decisiones, el comentario, la casualidad…; en los imprevistos momentos en los que se nos demanda una posición.

 

No hay fórmulas para invocar milagros, aunque ritos y diferentes ceremonias, y diferentes maneras o formas, ha desarrollado la humanidad a lo largo del tiempo para promover esa consciencia milagrosa. Y bien está, sí. Pero fácil se hace instrumento y una ‘ritología’ de imposición o única vía “para” –“única vía para”-. Y no es así.

 

El peldaño que nos promociona la Llamada Orante hacia esa sutil percepción del milagro, que nos lleve a sentir la influencia creadora, tiene una palabra: Piedad.

 

Se puede interpretar como un ser piadoso. No van por ahí los fluidos, aunque bien sea, bien esté los seres que practican, que viven en la piedad. Pero ha de ser una piedad a la que tengan acceso todos, no un círculo selecto. ¡La Creación no es selectiva! No es racista y…

 

Y eso es fácil de ver, pero difícil de asimilar.

 

El diseño de un cocodrilo o de un rinoceronte solo se concibe de una forma milagrosa: de cómo se ha podido conformar tal, tales situaciones y tales vivencias milagrosas.

 

Piedad es esa intención de una limpieza continua de nuestras posesiones, dominios, controles, etc.

 

Piedad es una escucha obediente de todo lo que nos rodea.

 

Piedad es una falta de… –falta- de juicio, de prejuicios, de condenas.

 

Piedad es darse en cada paso, en aquello que nos corresponda.

 

Y así podríamos tener una referencia hacia lo milagroso, hacia la influencia de la Creación –que somos Creación, que estamos en ella-, y entrar en esa conversión purificadora… a peldaño y peldaño de piedades.

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