*LEMA ORANTE:
"Despertar a la consciencia de utilidad”
JLP 02082026*
Y contemplando el transcurrir del consciente de la especie, podemos, a estas alturas, casi asegurar que aún no hemos encontrado, como especie viva, nuestra posición, nuestra actitud, nuestras costumbres, nuestras leyes, nuestras normas, nuestras creencias.
Sí; pertenecemos a una unidad misteriosa llamada “vida”, en la que podríamos casi establecer que, aparte de lo humano, las demás composiciones han mantenido y mantienen una secuencia entendible, aceptable, comprensible. Pero en el caso de nuestra humanidad, estamos ahora, por ejemplo, en una posición de indefinición, indecisión, revaluación, revalorización.
Quizás sin llegar a tanto, se podría decir que lo que antes era bueno, ahora es regular, o incluso algunas cosas, malas. Lo que “un antes” –depende del tiempo que queramos ver- era aceptable, ahora es inaceptable. Lo que en otro momento era evidente, natural, lógico, hoy ya no lo es; ni evidente, ni natural, ni lógico.
En síntesis –nos dice la Llamada Orante-, estamos en un tránsito ‘indefinitorio’, que no precisa las referencias que nos corresponden y a las que tenemos que responder según nuestra naturaleza.
¿Cuál es nuestra naturaleza?
Sí. Quizás es poco operativo, tan temprano, entrar en profundidades metafísicas. Ahora bien, más o menos puede ser fácil –con un poco de interés- el darse cuenta de la evaluación, la aceptación, la validez o no de situaciones que, en otro momento, no teníamos dudas, y ahora...
Claro está que hay una evolución, hay un transcurrir por el universo misteriosamente. Sí, claro. Hay una faceta que no vamos a descubrir, pero sí podemos apercibirnos –que es la sugerencia de la Llamada Orante- de que estamos en un tránsito inquieto, inseguro, delicado, en el que podemos culparnos de todo, en el que podemos decir que tenemos la solución de todo, o en el que mantengamos una indiferencia… inactiva.
Sí. Porque se puede ser indiferente contemplativo o indiferente inactivo, en el que “da igual”…
Y no, no da igual, no todo es igual. La diversidad, la biodiversidad, la diversificación es una faceta de la unidad. Es un poliedro con infinitas caras. No nos podemos quedar en ninguna. Y podemos despertar a que estamos en esa dimensión de pubertad acrecentada.
Quizá por todo ello el ser se acobarda, huye… no sabe exactamente de qué –o de todo- y se refugia en su mismidad, en su valor –el que se quiera dar-, en su razón, en su entender. O bien así, o bien se desestructura del todo y pierde el sentido.
El hedonismo radical, la sentencia totalitaria y racista, valen para un rato. El rato que dure el esclavo. El rato que dure el vociferar.
Y en el otro extremo, el que pierde su sentido desarrolla una autolisis progresiva, lenta pero segura, o bien drástica en el menor de los casos, pero también está ahí como algo creciente.
Entre medias de esos dos extremos oscila una “masa humana”. Suena despectivo, pero lo que pretende decir es que es disforme, es una actitud sin convicción, sin entusiasmo, con tibieza, con… “ya veremos”, “no lo sé”, “tal vez”…
Sí. Es –probablemente, sí- la mayoría.
Y probablemente –y a ello hay que prestarle atención- transitemos en los tres estadios: el de la soberbia radical, certera y verdadera; entre la desesperada huida hacia la desaparición; y la amalgama intermedia que tibiamente responde, sin entusiasmo, sin pasión, sin…
Muy probablemente estemos en esa trinidad; hayamos “superado” –entre comillas- lo dual, lo bipolar, y estemos tridimensionados ¡por días!, ¡por horas!, ¡por momentos! Una inestabilidad asombrosa, que no parece –hay que decir eso ahora- que no parece corresponder a nuestra naturaleza.
Que por la mañana soy un insoportable mandamás, gritador; que al mediodía, por la tarde, bueno, busco el refugio y no quiero que me vean; y por la noche… ¡bueno!, me hago masa más o menos comestible.
¿A que suena…?
Eso en un solo día, pero a veces es en un rato.
Achacamos con frecuencia –o achacaríamos con frecuencia- a esta trinidad mental, anímica, espiritual, como un “nublo” –que se decía, o se dice todavía-, como una perturbación que no sabemos de dónde viene y por qué; el “por qué” es casi asegurado que no sabemos.
Pero ¡tan inestable!... que, claro, es evidente que, con esa trinidad danzante, pues las cosas queden a medias, no se llegue a culminar, no se empiecen novedades, no se decidan rectificaciones, no se aborden soluciones… y aparezcan continuas contradicciones y “normalizaciones”, en esa amalgama.
Normalizaciones de situaciones que en otros momentos nos parecían dramáticas.
La Llamada Orante nos llama a “tras-cender” a esos tres estadios. Es una forma de simplificar, sin duda; una forma restrictiva, claro. Pero sí es una manera de situarme, de asumir mi desconcertante naturaleza y empacarla en un sentido; en un sentido de “utilidad”.
Sí. Quizás empezar por esa nimia palabra; que no es tan nimia, pero en el exabrupto continuo de cada día –en lo social, en lo cultural, en lo científico, en lo religioso, etc.- es como una perla. Y es, preguntarse:
“¿En qué soy útil? ¿Para qué soy útil? ¿Qué utilidad aporto para mi propia autoestima y para –inevitablemente- el entorno cercano, lejano…?”.
Es lo que otras veces se ha dicho: “¿Y para qué sirvo?”. Pero quizás el servicio se vuelva demasiado grande y haya que recurrir a la utilidad.
¿En qué eres útil?: en mover esta pieza, en abrir la puerta, en lavar un plato…
No. Ya no se trata de cantidad, no, sino de que acontezca. Que pueda decir, al final de la jornada, en qué he sido útil.
Y no se trata de mucho o poco. No, no. Se trata de que ¡ocurra! De que, tanto la vanidad como el aglomerado o como la autolisis, se disuelvan, y asuman la necesidad de un sentido. Y ése es “la utilidad”:
“Para qué soy útil”.
Evidentemente –y esto es significativo tenerlo en cuenta para no caer en ninguna de esas tres tendencias-, si estoy es porque soy necesario. La Creación así lo ha decidido. Entonces, mi utilidad es necesaria.
Y probablemente varíe de… –tal y como vamos- varíe de formas, de maneras, de días, según… ¡Sí! Puede ser. Pero que tenga la consciencia: despertar a la consciencia de utilidad.
“He sido útil por una idea que me ha encantado, por un poema que he escrito, por una pequeña ayuda que he aportado, por un interés que he mostrado, por una ocurrencia que ha sucedido, por un humor que he desarrollado, por un instante de escucha que he experimentado.
Y he sido útil para ese que hablaba, para aquel que buscaba ser escuchado”.
Muchas veces, el ser se declara “inútil” porque no ha hecho una gran obra, porque no es Shakespeare, porque no es Beethoven porque no es Akira Kurosawa, porque no es Einstein. No. Nuestras referencias…
Que bien vale evaluar a los que hasta ahora se consideran popes de la cultura, la inteligencia, etc. Bien.
Pero como dice el refrán: “las comparaciones son odiosas”. También hacen falta panaderos, electricistas, consejeros, conserjes… que no pasarán a la historia, pero tienen una intrahistoria que sí estará, y está, porque estuvo, e hizo, deshizo y tuvo una valoración.
Así que, si bien es cierto que lo excepcional hay que tenerlo en cuenta, no menos cierto es que cada ser es una excepción. Voilà! Sí. Es excepcional porque no hay otro igual. Puede haber –y hay- parecidos, muy parecidos, pero no iguales.
Ya eso nos convierte en Beethoven, en Strauss, en…; claro, teniendo en cuenta que hay que percatarse de no calificar la palabra “excepcional” como la vanidad, la soberbia de ese grupo, de esa tendencia, sino como “un elemento indispensable, imprescindible, necesario y excepcional” que ha aparecido en el universo de la vida, y que debe cumplir y ha venido para desarrollar una función.
Y podría ser que ahora, en estos tiempos, se pregunte: “¿Y qué utilidad tengo?”. Y le dé ocasión, al ser, a evaluar sus dones.
Hay que advertir que los métodos de la Santa Inquisición, de asegurarse una y otra vez que “no valgo para nada”, que “no sirvo para nada”, es una vanidad más para llamar la atención más, para que…
¡Basta ya de fustigarse y de declararse inútil!
Eso no es propio del vivir. Eso es más bien propio de la vanidad. Parece mentira, ¿verdad? Sí. Reclamando continuamente la inutilidad, en el fondo estamos reclamando atención, cuidados, alertas…
Más bien que… si nos declaramos útiles, y vemos nuestra pequeña contribución, siempre será pequeña, siempre; aun los grandes valores de seres: en realidad… pequeños.
El mundo se fue cambiando, modificando y variando, no por esas personas. Fueron instrumentos de un momento.
Los libertadores de las Américas no liberaron a sus pueblos, a sus comunidades y a sus indígenas, del colonialismo instaurado por el invasor, sino que, al revés, instauraron neocolonialismos. Y ahí continúan.
Por ejemplo.
Así que los que se nos presentan como héroes y fantásticos, pues resulta que… “depende”, ¿no?
La mal llamada “música negra” –y muy sintetizada en el jazz- nunca pretendió compararse con Mahler, con Beethoven, con Strauss… No. Para nada. Es más, no tiene ninguna influencia de esos grandes mitos; que son grandes “en su cultura”, “en su medio”.
Podemos poner multitud de ejemplos: culturales, políticos, religiosos…
Fíjense. Ahora, según las encuestas, España está encantada con la visita del Papa. Ya hace rato que se fue, pero está encantada.
Recientemente nos llamaba un sabio científico para decirnos que algo había ocurrido con la visita del Papa.
Y mientras lo escuchaba, no salía de mi aterradora perplejidad de ese instante. Digo: “No, no puede ser”.
Es como la folie para ir al camino de Santiago, ¿no? La mayoría, salvo los nacionales, ni saben quién era Santiago, ni saben ni siquiera dónde está Galicia. Ojo, ¿eh? Y vienen de Pakistán, de Indonesia, de Rusia, a hacer el Camino de Santiago. Parece ser que está bien documentado que Santiago nunca pasó por aquí.
Tiene guasa, ¿eh?
En el argot cotidiano podríamos decir: “¡Estamos atontaos!”. Sí. O sea, para resumir.
.- ¿Usted dónde vive?
.- En San Petersburgo.
.- ¿Y a qué ha venido?
.- A hacer el Camino de Santiago.
.- ¡Ah! Pero ¿y por qué?
.- Porque me han dicho que es muy interesante.
.- Y el camino de la Roda también. Te vas caminando hasta la Roda… ¡Oye!, incluso puedes esnifar un poco de coca con un poco de suerte.
Porque le han dicho, porque le han contado, porque quiere arreglar su espiritualidad, porque…
Pero a la vez, ese señor de San Petersburgo criticará a los musulmanes que, por sus creencias, predican que hay que ir por lo menos una vez en la vida a peregrinar a la Meca.
Bueno, los ejemplos son, la verdad es que abrumadores. Y ¡útiles! Sí. Porque nos colocan en una posición precisamente de utilidad concreta, cotidiana, diaria. Sin grandes aspiraciones.
Y no es que haya que reprimirlas. No, no. Que estén ahí, que aparezcan. Vale, estupendo. Pero minuto a minuto, segundo a segundo:
Que la utilidad de tu respiración engrandezca tu cuerpo.
Que la claridad de tus sentidos haga florecer ideas.
Que tus ideas tengan la maestría de expresarse en las manos.
Que todo tu cuerpo se haga dispuesto para ser un útil hacia sí mismo y hacia su entorno.
Es tiempo de trascender; es tiempo de darse cuenta de nuestro transcurso.
Es tiempo de fundir amanecer y anochecer.
Es tiempo de ser bálsamo alegre.
Es tiempo que precisa entusiasmo, dedicación, ilusión.
Que, advertidos en la Llamada Orante, no caigamos en ninguna de esas tres tendencias; y muchas más que hay –por supuesto-, pero al menos congregarse en torno a unas directrices.
Y es así que, al constatar nuestra utilidad, nos iremos alejando de esas tendencias e iremos encontrando el sentido. El sentido, que permanentemente se alimenta por la Creación, pero que se oscurece con nuestras interpretaciones.
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