*LEMA ORANTE:
"El privilegio de vivir”
JLP 26072026*
La prisa se hace reclamo de soluciones. Y los ritmos se distorsionan. Y las interpretaciones de las casualidades se disuelven y se ignoran.
Es así como el progreso, que inunda el llamado “saber humano”, nos sitúa en una individualización… que hace del ser una entidad sin sitio, que no se satisface bajo ninguna condición, que siempre está con los “peros” –”pero”…“pero”-… y parece olvidarse del trascender, y a veces incluso del aligerar la controversia y la tensión.
Y es así que cada cual se establece en su gueto y se hace problema: problema para él mismo y problema para el entorno.
Y ningún lugar se hace bueno. Ninguna actividad es la adecuada. Prima la insatisfacción.
Es así que el hacer se muestra torpe, intermitente, difícil…
La Llamada Orante nos hace un reclamo a propósito de la vida como convivencia, de la vida como comunitaria unidad, de la vida como esperanza permanente que se cumple, que se cumple, que se cumple diariamente. Ahora bien, si la referencia es el reclamo personal, la exigencia individual, permanentemente se hace insatisfecha la vivencia. No hay consuelo.
En estas condiciones es de obligada exigencia replantear, recalcular, revisar… contestarse a las propias exigencias y a las demandas que el transcurrir pide y muestra.
Las aspiraciones idealistas idílicas no pueden rebajarse; no pueden rebajarse en base a lo que ocurre, a lo que acontece. Deben adaptarse, deben impregnar el duelo permanente, para suspirar hacia las aspiraciones, que ahí están para cumplirse, pero requieren humildad, servicio, entrega.
Sí. Sí. Por momentos estamos ante imposibles… debido a planteamientos estrictamente racionales y estructurados que “calculan” lo que ocurre, lo que debe ocurrir y lo que ocurrirá.
Los imposibles se hacen imposibles del todo. Es más, casi desaparecen. Aunque en la consciencia personal siempre está ese aliento del suspiro de la vida, el suspiro del milagro, el suspiro de darnos cuenta de que, aun a pesar de nuestra sapiencia, ésta no rige la vida.
Y, en consecuencia, nuestro actuar, nuestra disposición, debe mostrarse en la entrega.
No en una entrega ignorante y ajena a lo que ocurre, no. No se trata de buscar polos opuestos, sino se trata de insuflar, impregnar y convertir –en el “Año de la Conversión”- lo que parece dramático, difícil, imposible, y todas las dificultades, en algo solucionable, arreglable, cambiable, convertible.
No es momento de culpas, culpables; es momento de respuestas responsables, solidarias.
La humanidad como especie ha sobrevivido en numerosas situaciones de máximo desespero. Y lo ha hecho en base a idealistas propuestas –o a propuestas idealistas- que han encontrado el brillo del entusiasmo, de la imaginación y de la fantasía. Y que, gracias a ello, desde lo pequeño, han insuflado respuestas, vías, soluciones…
En nuestro código de memoria universal, aunque no lo recordemos, se almacenan capacitaciones que surgen ante las dificultades y que nos hacen emerger una y otra vez –cuantas veces sean necesarias- para hacer prevalecer ese vivir misterioso, ese sentirse creado… y habitante de universo, que deambula en un lugar con todos los recursos, pero ciertamente convulso.
Los ideales y proyectos se han sustituido por los “me gusta”, “no me gusta”, “me apetece”, no me apetece”…
Cabría suponer que, por la experiencia de la Historia –aunque malversada y manipulada-, por la historia personal –interpretada y reinterpretada-, cabría suponer que resulta evidente que el recurso personal y propio es insuficiente. Que tenemos un “aderezo” –llamémoslo así- o una misteriosa pócima que nos relanza en cada despertar, que nos anima sin verlo, que nos estimula sin llamarlo, y que, en contra del presagio racional, nos hace continuar, seguir.
Pero, ciertamente, en el transcurrir actual… se han nublado las evidencias invisibles –esas que nos sostienen y nos entretienen- y se han evidenciado las constantes tangibles…; sin apercibirnos de que ésas, las tangibles, no es que sean otras, sino que es la manera en que lo intangible se ha conformado, se ha acomodado.
Y nuestra función no es el acomodo, es el continuo desacomodo, por la imprevisible realidad de los imposibles, de los milagros y de los imprevisibles aconteceres.
El refugio de la comodidad, de la exigencia de seguridad y del dogmatismo del credo personal termina por arruinar la consciencia de supervivencia, de vivencia y de testimonio de estar vivo.
Y si nos damos cuenta de todo ello –que es la intención de la Llamada Orante-, nos descubriremos en otras perspectivas. Nos confiaremos en otras capacidades. Nos dispondremos a esos saltos, a esos pequeños saltos al vacío. Depositaremos nuestras confianzas, no en nuestras capacitaciones sino en las constantes posibilidades que aparecerán en la medida en que nos sintamos humildes e ignorantes servidores.
Hacer, hacer consciente el privilegio de vivir. Y con él, descubrir las cualidades de ese estar, de esa consciencia de permanecer, de ser ese microcosmos que es una réplica del universo en el que habitamos, que se nos muestra inabordable, expansivo, insondable…
Y que, en esas proporciones, sea tan solo una muestra de la Creación, el universo que contemplamos.
Pero que lo hemos ido acotando y acotando… hasta reducirlo a los cotidianos gustos y haceres, y a las necesidades más primarias, perdiendo así el halo de referencia por el cual estamos aquí.
Somos expresión del Misterio Creador, que nada desdeña; que –al decir de Dao-, es como el agua: que se adapta a cualquier forma… sin perder su identidad.
Y puesto que somos constituyentes de ella –agua-, bien podríamos recalar y recabar en ese constituyente, para abrirnos hacia su forma de comportarse: ahora río, luego manantial, quizás fuente, alguna vez pozo…
Otra, riachuelo; otra, meandro; otra, humedal; otra, desembocadura. En otro momento, mar y amar…
Y hacerse vapor y nube, y hacerse frío y nieve.
Y ver que, con su bondad, germina la semilla, se sacia la necesidad…
Se hace soporte de vida y vida.
Es momento de reevaluar. Es instante para... permanentemente resucitar. Es momento para inmortalizar.
Todo en conjunto, para sentirnos sustancia de Misterio, de Creación, y abordar los transcurrires, el transcurso, como una permanente innovación; sin prejuicios, con el entusiasmo de sabernos resucitados, inmortales, supervivientes… y ciertamente subsidiarios de un Misterio: de ese Misterio que nos llama a orar, a meditar, a contemplar, a indagar sobre el sufrir, el doler…
Un instante de transparencia que disuelva la nube, y que nos permita divisar los azules, las lejanías en las que estamos inmersos.
Y así sentirnos universos, con capacidades expansivas, con innovadoras creaciones, sin reparos hacia el error, con la convicción de reparar, de restituir, de renovar.
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