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LEMA ORANTE

“Eternos aprendices”

JLP 09082026

 

Y el mejor sonido es el silencio. Y si prestamos atención para escucharlo, dejaremos atrás las escuchas preocupantes, preocupadas, previsoras, prejuiciosas.

 

Y así, cada vez que un silencio sea abierto, tanto desde el mismo silencio como en la vía del sonido nuestro ser se comprometa con lo que no suena y lo que suena.

 

Ese compromiso que no implica renuncias, despechos… sino que exhala convicciones, conversiones, confianzas, dejando atrás las exigencias, las demandas, las quejas… para abrirse a la disposición, a la actitud, al arte de estar, al arte de convivir, al arte de mostrar y saber ver la belleza.

 

El personalismo individualista se expande y se engrandece, y no escucha. Plantea, prevé y “supone” cómo han de ser las circunstancias, las personas, los hechos… Y en esa medida entra en conflicto, entra en angustia, en ansiedad, puesto que se da cuenta de que el mundo no se ha hecho a su medida, sino que nosotros debemos adecuarnos al mundo; ese concepto tan abstracto y a la vez tan circunstancial, de nuestro entorno: “nuestro mundo”. Que no es nuestro –vaya eso por delante-.

 

Y suponemos e imaginamos que “esto” ha de ser así y así, y que debe funcionar de esta y de esta y de esta manera. Y claro, cuando entramos en “esto”, vemos que no es así. Entonces viene la queja, la rabia, la confrontación, la crítica fácil.

 

Y así una vez, y otra y otra, difícilmente encuentra, el individualismo hedonista, su regazo complaciente, salvo aquello que él considere que es, y lo fecunde y lo proyecte, o salvo que la creación de entornos favorables, es decir, “esclavos”, aplaudan o consientan o acepten el individualismo que marca el poder.

 

Así nos han ido enseñando y nos han ido mostrando cómo formarnos; en realidad, “deformarnos”. De vez en cuando llega la caridad y hace alguna buena obra.

 

Pero, si bien cada ser obedece a una Creación Misteriosa, con un proceso de recursos para transcurrir, no es para que por ello se vanaglorie y se erija en verdad.

 

Es hora de contemplar las aguas de “los otros”, es hora de aceptar las fragancias de “los otros”.

 

Ese empeñoso afán de que las cosas sean como uno –”personal”- piensa, siente… –¡y cree que es así: absoluto!- no se corresponde con las expresiones de la vida, que se hacen en base a alianzas, que se hacen en base a comuniones de aspectos y de elementos diferentes, que se hacen en base a prestaciones sin renta.

 

La trama de la vida no es individualista.

 

Si bien cada núcleo conserva su cualidad, tiene su característica, bien sabe que ha de aliarse con aquél, con aquello, con lo otro, para “poder” –entre comillas- mantener su identidad.

 

Y así, darse cuenta de que la identidad de cada ser es consecuencia de la comunión, la alianza, el compartir, el congeniar, el convivir, el aceptar, el darse, el recibir. Y todo ello proporciona que la creatividad de cada uno se exprese, se muestre, aporte.

 

Sí. Es significativo, en esa entramada historia de la vida –que es indiscutible-, aplicarla a nuestra particular creación, y así preguntarnos a propósito de nuestro “aporte”. Sí. Es muy simple, muy simple: “¿Qué aporto?”.

 

No nos estamos refiriendo, obviamente, al hombre económico. No. Nos estamos refiriendo, orantemente, a nuestro aporte como seres creativos, imaginativos, deductivos, inteligentes, capaces.

 

“¿Qué aporto en ese viaje? ¿Qué aporto en aquella estancia? ¿Qué aporto en aquella circunstancia? ¿Qué aporto en mi labor? ¿Qué aporto en mi desarrollo? ¿Cuál es mi aporte?

 

¿Qué necesidad se amortigua con mi actitud, con mi presencia, mi palabra?

 

¿Qué capacidad tengo de aceptar los servicios de los otros?

 

Y ¿qué voluntad espontánea emana de mi ser, para lo necesitado?”.

 

Son preguntas muy sencillas… y muy prácticas.

 

“Puedo aportar desilusión, puedo aportar problemática, puedo aportar confusión, puedo aportar queja, puedo aportar rabia, puedo aportar indiferencia, puedo aportar desaires...”.

 

Son aportes, sin duda; pero identifiquémoslos, y veamos en qué medida ese aporte gratifica, engrandece, desarrolla, ayuda, alivia, calma…

 

Y es así que, habitualmente, se espera que otro –aquel, el otro, el de allá-… remedie, arregle, solucione, cuando resulta que estamos implicados en ello: podemos ayudar, podemos solucionar, podemos colaborar.

 

Culminaban el encuentro de Humanismo Sanador con la palabra “respeto”. Es un primer paso para asumir al “otro”, a los otros, otras ideas, otras actitudes, otros proyectos.

 

Es frecuente no darse cuenta de que, con la acidez, el criticismo, el racionalismo, la exigencia, no estamos respetando a nuestro entorno; a nuestro entorno humano: el compañero, el que nos sirve, el que nos habla, el que opina…

 

El descubrir nuevas y diferentes perspectivas no debe suponer un rechazo, una crítica y un desaire; menos aún una dolencia por “cómo son los demás”, “cómo actúan los otros”.

 

Como eternos aprendices –nos señala la Llamada Orante-, debemos transcurrir para aprender de cada paso. Como eternos aprendices, nunca llegamos a ninguna cota, a ninguna madurez, a ningún logro. Quien así lo piense tendrá cercano el fracaso. Se ve.

 

En la medida en que somos eternos aprendices, vamos amplificando nuestras consciencias, porque vamos añadiendo detalles –¡humildemente!, por ser aprendices-; vamos añadiendo resquicios, innovaciones… ¡pequeñas! Pero cada vez el mundo se nos va haciendo más inmenso.

 

Y dejamos… –como eternos aprendices- dejamos atrás los daños, los prejuicios, las quejas sobre nosotros mismos, sobre lo que hace aquel o el otro… ¡Tan cansado que es!

 

Mientras, el aprendiz se va haciendo brillante, cauteloso, cuidadoso, elegante.

 

No aspira a dominar ni a controlar ni a manejar; ni a empoderarse. Aspira a descubrir, a aprender, a servir, a aportar, a recoger, a admirar.

 

El ánimo-ánima almada del ser es el bien precioso que nos toca custodiar.

 

Ha de ser brillante, traslúcido, elegantemente bello.

 

Es algo que nos han donado, que nos han dado ¡en cuido!

 

No podemos maltratarlo, no podemos mancharlo, no podemos llenarlo de rabia, de tristeza, de angustia, de ansiedad... ¡No!...

 

Somos un matraz alquímico reluciente, de esplendor. Y como tal debemos mostrarlo. Y si no es así, es la tarea que nos toca: el abrillantarlo, el limpiarlo, el descostrarlo.

 

No es un matraz egoísta; no es un requerimiento “importante”.

 

Es como esa piedra preciosa que guarda una simetría, un equilibrio, un brillo, un resplandor, un recoger la luz y reflejarla.

 

¿Acaso pierde el diamante su identidad, porque pase de unas manos orgullosas, egoístas, a unas manos generosas, complacientes…? ¿O mas bien sigue siendo un diamante?

 

Y es así que nuestro matraz alquímico, anímico, animista, ¡almado!, ha de permanecer en esa ebullición, en esa claridad, semejante al núcleo de este lugar del universo en donde estamos, en donde hierro y níquel fundidos se hacen efervescentes, móviles, resplandecientes. Y no los vemos. Sabemos que están.

 

Y de igual forma se nos muestra ese panorama estelar: impecable, brillante, sorprendente, continuamente renovado.

 

Así que, si nos fijamos en las estrellas, si sabemos por dónde pisamos y qué hay debajo de nuestra pisada, y nos damos cuenta de la alianza vital que es preciso realizar para dar la emoción de vivir, ¿qué sentido tiene

esa lucha, esa guerra, ese impacto de continua reclamación?

 

Cuando vemos una sencilla planta verde –con su flor o no, con su fruto o no-, si no hubiera sido por esa tierra que debajo tiene ese crisol efervescente, si no hubiera sido por esa luz que emana el universo, si no hubiera sido por esa misteriosa fluidez del agua, ¿acaso estaría ahí esa planta, presente?

 

¿No han tenido sus cloroplastos que pactar, que congeniar, que constituir, que confluir con esa luz, con esa agua, con esos nutrientes de tierra…?

 

¿Acaso hubiera sido fértil si se hubiera declarado independiente de la luz, del agua, de la tierra, y hubiera decidido ¡mandar!, ¡ordenar!… al fluido de la luz?

 

¿Hubiera, al menos, existido?

 

Seguramente no.

 

La Llamada Orante nos reclama el estar, el hervir en nuestro matraz alquímico, en nuestro aprendizaje eterno, en nuestro aporte continuo, en nuestra admiración permanente.

 

Es preciso advertirnos de nuestro crisol, para mostrar el origen de nuestra presencia gracias a la Bondad de la Creación. Es preciso al menos –por la vivencia orante-, enseñar nuestras excelencias: ese aporte que hará que otros se admiren, aprendan.

 

Ese respeto hacia lo que somos, y hacia lo que es todo lo que nos rodea, nos da el elixir que nos permita abrillantar nuestro crisol, nuestra gema resplandeciente… de nuestra ánima, de nuestra almada presencia.

 

¡Para que realmente seamos un fluido de amor competente!... que, como el agua, no desdeña las piedras, el barro, la altura, la profundidad… Se adapta. Y no deja de ser agua.

 

No permitir que se enturbie lo brillante. No dejar que se contamine lo admirable. No embaucarse en ninguna supremacía.

 

Estar en disposición de darse… en ese eterno aprendiz que saca brillo a su gema para que sirva de luz a los que buscan.

 

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