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LEMA ORANTE

Soy un singular acontecer en el universo infinito”

JLP 17052026

Las exageradas proclamas, con el consiguiente sentido amplificado de los errores, fallos, tragedias, dramas… hacen que las incipientes esperanzas se empequeñezcan cada vez más, y la mente entre en el lamento continuado y en el verbo lacerante de que todo está mal, de que no hay solución.

 

El derrotismo de la renta es cada vez más consistente. Y el sentido mental del estar se convierte en productividad, en ganancia, en logros…; y si éstos no se producen, la conclusión es lo nefasto, lo imposible, y el señalamiento de responsables, de culpables.

 

La Llamada Orante nos advierte –como seres que buscan la serena y equilibrada posición propia y natural que se llama “saludable”-, nos advierte de la decadente actitud de los dolientes que, con sus dificultades, ya vienen con la bandera caída y acuden con el desespero anunciado.

 

Pero no ya solamente a nivel de atención, es a nivel de convivencia, de estar, en el que parece prohibido el suspirar, el alentar, el promover, el aspirar a los recursos que la vida en sí da. Que no es un diseño de enfermedad, de tribulaciones y desesperos. Es un diseño de evolución, de equilibrios, de lenguajes, de pactos, de alianzas entre todos los seres vivos.

 

La convivencia de lo viviente –desde lo invisible de las unidades bacterianas, virales, fúngicas, etcétera- nos da una muestra de un mundo asociado, de un mundo sincronizado… mientras lo humano interfiere en esa asociada y equilibrada evolución, con el afán de ponerlo todo a su disposición, esclavizar todo a sus necesidades, desde la fabricación de perfumes hasta los ultra procesados alimentarios, siguiendo con los habitáculos de vivienda, los ropajes, y un sinfín de “decadentes” –sí- decadentes servicios que anulan nuestras capacidades y recursos.

 

No está lejos, no, el exoesqueleto que podemos incorporar a un organismo humano normal, para que no haga el esfuerzo de levantarse de la silla o andar y gastar energía muscular, neuromuscular…; la ley del mínimo esfuerzo, compensada por la tecnología y la servidumbre, que nos sustituye.

 

Pareciera que lo humano, al no encontrar recursos en sus propias capacidades, “crea” –entre comillas- artilugios, elementos que figuran como una… como una “nueva humanidad”.

 

Y si puedo fabricar un robot que corre más que un humano, pues organizaré carreras de robots. ¿Para qué tantos entrenos y dedicaciones, si puedo tener un circo robótico con espléndidas apuestas?

 

Sí, da la sensación de que las tendencias poderosas que animan el desespero confían en las posibilidades de recursos tecnológicos, científicos… que suplan las acciones que habitualmente eran humanas.

 

De igual forma que las inteligencias “artificiales” –ya su nombre es significativo- suplen la inteligencia cotidiana propia de nuestras estructuras.

 

La fuerza y el poder de la ciencia tecnologizada, aplicada a lo cotidiano, llama y golpea nuestras estructuras humanas de músculos, tendones, nervios, ideas, fantasías…

 

Y si no estamos alertas, con la consciencia de ser singulares presencias en el universo –en el Universo Creador, en el Misterio Insondable, en lo Infinito-, si eso no está vibrante, si no despertamos a la permanente actuación de la Providencia y la nublamos con los recursos que proveen las plataformas, las compañías, los organismos estructurados… no resulta fácil mantener la expectativa ¡certera!... de lo adecuado, de la llegada de lo –permitamos la palabra- “milagroso”.

 

Se llega a la conclusión de que la debacle, la derrota, el terror, el daño, el duelo… es consustancial con la vida. Ni siquiera se plantea: “por este estilo de vida”. No, ese se da ya por hecho, como consecuencia de nuestra inteligencia, nuestras capacidades.

 

El ser de humanidad –nos reclama la Llamada Orante- es una presencia creadora que es portadora de mensajes de eternidades.

 

Es un diseño de equilibrio, de capacitación, de adaptación, de evolución y de perspectivas ilimitadas, similar y semejante al universo en el que habita.

 

Las pequeñas o grandes catástrofes, dramas y tragedias, son producto de la pérdida de identidad universal, y consecuencia de la contracción hedonista, egoísta e “inteligente” –entre comillas- del saber cercado, cerrado, ambicioso y esclavista.

 

Y sí: lo predominante, lo dominante, lo dominador de una franja, de un número de humanidades, tiene la capacidad destructora y arrasadora de demoler al resto, que es mayoría.

 

Sí; cuando se está en este entorno de poder, pareciera que toda la humanidad está en iguales posiciones. Y no, no es cierto. Es la gama de poder y de los poderosos la que vibra en el desastre permanente; y sin duda, con capacidad para hacer el desastre, global. Pero el cotidiano estar y convivir no es universal: es parcial, es sectorial. ¿Que sin duda se expande? Sí. Pero en nuestra visión de habitantes de universo, en nuestro microcosmos, nos damos cuenta de la diversidad de humanidades que habitan con muy diferentes patrones, y que no todos son derrotismos continuados.

 

Eso hay que tenerlo también en cuenta.

 

Porque la generalización con la que lo dominante se expresa… nos hace pensar que, en Ulán Bator, capital de Mongolia, las situaciones administrativas y disciplinarias, y los escándalos de alcaldes y tenientes-alcaldes son semejantes y similares a los nuestros de aquí. Me temo que no.

 

Es un ejemplo.

 

¿Que –sin duda- se expande con preocupante sensación de pólvora que arde, este modelo de convivir y de estar guerrero y destructor? Claro. Cierto.

 

Pero hoy por hoy tiene su espacio de confort guerrero: Occidente. Que resulta –por así decirlo- “suficiente”.

Que extenderse –como se diría antiguamente- a “ultramar”, pues… sería perder un poco el protagonismo endogámico occidental. Todavía hay mucha guerra que hacer por aquí cerca.

 

Y dentro de este gueto de dramas continuados, la Llamada Orante nos aclara que nuestra capacitación, nuestros mensajes –personales y grupales- deben saber relacionarse con todo ese maniqueísmo estructural y egocéntrico, sin entrar en combate, sin perder nuestra identidad, sin renunciar a la creencia. A la creencia que es evidencia: el decir que soy un singular acontecer en el universo infinito.

 

No ofendo a nadie. No estoy en contra de ningún criterio. Es una evidencia. ¿Que aparentemente no tenga mucha operatividad? ¿Que aparentemente no tenga mucha rentabilidad…? Bien. Efectivamente: “aparentemente”.

 

Pero, en realidad, en la medida en que mi credo se acrecienta, la Providencia la evidencio, el milagro lo vivo y pervivo, aunque solo sea con el alimento de cada día. Deja de ser una sugestión o una situación de escapismo, para ser el sustrato y el sustento que mantenga una identidad de ¡esperanza!, una identidad de versiones de solución, ideas de logros y de alcanzar.

 

El esfuerzo, dirigido hacia la realización, la vivencia y el compartir de vocaciones e ideales; que, siendo conscientes de las dificultades que el estructuralismo del entorno impone, se sabe –se sabe por intuición, por convicción- que una vocación y una intencionada actividad es irrefrenable. ¡Irrefrenable!... Sin duda, con la aplicada inteligencia y –permitamos, entre comillas- “la sabiduría del convivir”, renunciando a la controversia, a los prejuicios y a las refriegas por el logro de la verdadera razón.

 

Los recursos liberadores residen en nuestras esencias universales, creadoras. Y para ello hay que disponerse meditativamente, orantemente, contemplativamente, activamente, a fin de que afloren y que actúen.

 

Cada aplazamiento es un sinfín de retrocesos. Quizá por ello resulte fácil decir que “hay poco que hacer, hay escasos recursos”… –y ese largo etcétera de justificaciones-.

 

Culminar en la claudicación y perseverar en ella es la imposición de “usar y tirar” de esta convivencia esclavista.

 

Perseverar y agilizar nuestros recursos en una resolución y en una acción permanente es el orientativo impelente que nos transmite la oración.

 

Existe la rémora de –y esto hay que tenerlo muy en cuenta-, a la hora de asumir la Llamada Orante, existe la rémora de que “es demasiado tarde”, “ya no se puede”, “no tengo fuerzas”, “hay muchas dificultades”… Ese largo prólogo que finalmente no permite la escritura del libro.

 

Y en ese plano guerrero en el que se está, el ser se da por vencido.

 

“Estoy vencido, estoy derrotado, y he de vivir como cautivo de mi derrota. Porque por mi condición, mi edad, mi productividad –mi, mi, mi, mi-… ya no puedo”.

 

Todo ese recoveco de secuelas, de prólogos insaciables que no permiten la escritura del libro de la vida de cada uno, debe ser minuciosamente diluido, en base a esa vocación personal, en base a ese resplandor luminoso del milagro, en base a esa solidaria convivencia, en base a esa decidida realización.

 

Nunca es tarde ni pronto.

 

Es.

 

Es.

 

Es.

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