LEMA ORANTE
“Creyentes”
JLP 14062026
Y en las sociedades con mayor poder, mayor capacidad de violencia, mayor corrupción, mayor perturbación por el equilibrio del poder, se busca y se reclama, por la abundancia de recursos (sic), un estar, un bienestar, un confort…; una consiguiente seguridad… que va amparada de un cierto nivel de dominio.
En esas circunstancias, la capacidad de intención, ideación, confabulación, fantasía, ilusión, descubrir, aprender, sorprender… resultan especialmente difíciles; difícil es que se muestren, ya que el ser se agota.
Pareciera una contradicción –¿no?- “que se agota en su confort y bienestar”, pero es que para mantenerlo necesita el duro ejercicio del poder, en sus muy diferentes y diferentes y diferentes y diferentes formas.
La Llamada Orante nos advierte, nos hace un aviso a propósito de lo que supone un estar en el bienestar, en el confort… y, sobre todo, el ejercicio diario y continuado para mantenerlo, que requiere una razón, un trabajo, una inversión, una protección… y un largo etcétera; consumo, sobre todo.
En esas tesituras, las opciones para las sorpresas, para el descubrir, para el aprender, el idear, el recrear, se hacen difíciles; y más aún se hace –casi inalcanzable- estar en la vibración, en la búsqueda, en la constancia de ser universo, de habitar en universos, de asumirse como misterio y de estar en el Gran Misterio.
Ese estado de “confort”, esas palabras del “bien-estar”, ¿qué significan?
Ha sido un sello del poder que garantiza logros, compras, ventas, ganancias, ahorros…
Porque, probablemente, esas dos palabras se hayan debidamente creado neurolingüísticamente para aplacar cualquier imaginación, cualquier nueva organización, cualquier… todavía podemos decir “revolución”, cualquier rebelión, cualquier variable que no sean las que ya están instauradas.
Entonces, si se está en la instauración de lo correcto –¿qué es lo correcto?-, se está en el bienestar, se lucha por ello. Hay unos patrones que indican cuáles son las normas que hay que mantener y respetar. ¡No hay espacio para la fantasía…!
Es más importante el cuido de los ahorros o la marca del vehículo o la ropa que se ha de comprar, porque eso garantiza y asegura que estoy en la zona de confort.
La especie evolucionó hacia un estatus sedentario. La especie renunció a su nomadismo por múltiples razones: supervivencias, garantías, seguridades…
Aun así –aun así-, la Llamada Orante nos reclama que el Misterio Creador es un nómada inevitable. Y nosotros formamos expresión de ello.
Y aunque tengamos el asentamiento en un lugar, en un espacio, el propio misterio de nuestra naturaleza nos reclama ese nomadismo anímico; místico: de misterio.
Y si quieren, místico de religiosidad –no de religión-.
Místico de poeta, de danzarín, de cantante, de pintor, de payaso, de teatro, de habilidades…
La Llamada Orante hoy nos propone una sugerencia:
Que, al lado de “bienestar y confort” –que se cuela por todos los sitios, que se vuelve exigente, demandante-, ¿y si… –dice la Llamada Orante- y si nos ponemos el traje de… –que no lo venden en ninguna parte pero que se puede generar porque lo llevamos, lo que pasa es que se usa poco- creyentes? Sí:
.- ¿Bienestar?, ¿confort?
.- Gracias. Soy creyente.
Y claro, de inmediato surgiría la pregunta:
.- ¿Sabemos lo que es el bienestar y el confort?
.- ¡Bueno! Es una creación manipuladora para acallar cualquier tipo de protesta. Sí sabemos, sí.
.- ¿Y qué es ser creyente?
.- Sentirme habitante del Universo. Ser consciente de que soy Creación, de que pertenezco a un Misterio.
.- ¿Y puede usted creer en un misterio que no está demostrado, que no está publicado en “Nature” ni en “Lancet” ni en el “American Journal”? No… no es científico. En cambio, el consumo se puede medir, el bienestar se expresa en la comodidad del confort… En cambio, “creyente”… ¿eso que le implica?
.- Me implica estar en permanente sorpresa. ¡Ah, sí! Soy un sorprendido porque soy un creyente. Y, como creyente, cada instante es sorprendente. Pueden parecer instantes parecidos, similares, pero no son iguales. No hay ni un solo instante igual que otro. Y como creyente, me sorprende. Y con mi sorpresa, me hace inevitablemente ser curioso… y me provoca compartir la sorpresa.
Y así me incita a entender, a promover, a servir en bandeja mis sorpresas y compartirlas con otros.
No parece… –sí, pero era otra propuesta- no parece que eso sea cómodo. No parece que eso sea de un bien-estar. Parece más bien inquieto, curioso, nervioso; no necesariamente, pero sí atento, despierto…; con necesidad imperiosa de creativizar, de abrir y abrirse a nuevos mundos.
Sí. Puede resultar fantasioso: ¿Qué son los nuevos mundos?
¡Son nuevos! Como son nuevos, pues los iré viendo. Es nuevo. Pero no cerraré la puerta a los nuevos mundos. La abriré y descubriré y aprenderé.
Como creyente, realizaré mis habilidades, mis capacidades, mis dotes con las que he sido agraciado, para poder expresarme y realizar aquello que me corresponda en esa creencia, con impecabilidad, con finura, con elegancia, con arte, sea detrás de un mostrador, sea pintando un lienzo, sea arando el campo…
No importa lo que se haga. Lo importante es la intención y el sentir con que lo hago.
Si el bienestar y el confort nos obligaba a producir, a gastar, a asegurar, a estar en alarma por si acaso, la creencia no invierte en ello.
El creer no supone… seguridad.
.- ¡Ah! ¿Es inseguro?
.- No. Tampoco. No maneja esos términos. La creencia maneja la Fe, la Esperanza, la Bondad, la Piedad.
Pudiera parecer que bajo estas coordenadas no se puede… o no hay recursos para vivir, tal y como plantea el capital y la economía. Sin duda es rigurosamente falso. En la medida en que la dedicación, la vocación, la intención se desarrolla, las necesidades se suplen, se colman.
La implicación del sedentarismo, sin duda, llevó al ser al materialismo más estrecho y contraído que pudiéramos imaginar. Y está ahí con contundencia, como piedras mentales que no se mueven, y que se lanzan, que combaten, que acusan: la guerra.
¡Ah!, sí, sí. Es un detalle sin importancia, pero para mantener el bienestar y el confort hace falta pelear, sí; hace falta guerrear; hace falta competir. “Competir”.
Sí, porque habrá más que quieran lo mismo. La creatividad de cada ser no cuenta, cuenta el puesto que está ahí a disposición, para veinte, para treinta, para mil… y habrá que capacitarse, prepararse y competir.
Detrás de ese bien-estar y de ese confort hay una guerra.
En cambio –y no es comparación- en el creer no hay tal guerra.
Hace unos días, alguien nos preguntó que qué religión practicábamos. Dijimos que ninguna, pero que éramos creyentes.
.- Pero, creyentes… ¿en qué?
.- Pues en lo que hay que creer; en lo que creen todos, pero sin ser de nadie.
Nos miraron con una cierta duda y sospecha de que algo ocultábamos.
Es lógico.
Los credos se han personalizado; se han sedentarizado. Unos se fueron con Allah, otros se fueron con Cristo, otros se fueron con Yahveh, otros se fueron con Krishna…
Se instrumentalizaron, se estructuraron, se clasificaron… y entraron en la guerra. ¡Cómo no!
Y están en la guerra. No es algo que pasó.
Y, claro, cada estado de bienestar y confort tiene “un credo –en general- de sustento” debidamente estructurado de acuerdo a ese bienestar y a ese confort.
Y tendrá iglesias, templos, organizaciones, clasificaciones, sacerdotes… ¡ufff! ¡Pues todo lo que implica una religión! Que caerá sobre cada creyente, claro. Al decir “caer” queremos decir que está sobre cada creyente.
Y así, ante las demandas sociales materialistas del bien-estar y del confort, tendrá que responder a su religión. Y los que digan que no la tienen, tendrán que responder a su absentismo creyente.
En cambio –e insisto: no es comparación, es una propuesta-, el creyente… ¿a quién se debe? ¿Qué estructura…? ¿Tiene obispos, tiene representantes, tiene… no sé, tiene… qué tiene?
Se tiene a sí mismo como templo.
Pareciera que ha sido un latigazo: “Se tiene a sí mismo como templo”.
.- Entonces, no necesita de los demás.
.- ¡Por supuesto que sí!
Si todos somos templarios, constituimos el templo de la vida.
Y, como creyentes, oramos en el templo de la vida, y orar representa una búsqueda de inagotables sorpresas… en las que, a cada pregunta que nos hacemos, nos surgen multitud de propuestas.
Y es así que el creyente… puede volar.
El bienestar, el confort, está sujeto a pagos, hipotecas, préstamos, productividad…
Y es de resaltar que, en ese estado de bienestar y de confort, la querencia, el querer, implica poseer, y para poseer hay que combatir para quitárselo a otro, o para no dejar que otro… y el largo etcétera de la guerra.
Pero… ¿y en el creer? ¿En el creer… se quiere?
¡No! No es posible. En el creer se ama.
Es una sensible diferencia.
La querencia se agota, se acota, se cerca, se asegura…
El amor se amplifica, se genera, se diversifica, se hace inagotable.
La Llamada Orante, en su reclamo, en su advertencia hacia la propuesta de “el creyente”, “lo creyente”, “sentirse creyente”, no pretende combatir y guerrear con el bienestar y el confort. ¡No! No hace falta.
El que vuela no echa de menos la tierra. Se alimenta del aire.
El que vuela no viaja cargado de posesiones, sino va frágil como las plumas.
El creyente, en su amante propuesta –que sale en evidencia-, se ve amplificado continuamente. Se hace sorpresa y se sorprende. Se atrae en creencias. Se hace comunión, se hace servidor, se hace nuevos mundos continuamente.
Se descubre que no hay algo estable, sino que todo resulta frágilmente inestable, increíblemente creador…; ¡porque somos Misterio Creador!, porque estamos en el Gran Misterio de la Creación, porque habitamos en un universo insondable.
Y esa propuesta, sugerencia orante, no es algo que implique conflicto, no.
Viene a recordar y a reclamar nuestra nomádica ¡mente!, ¡sentir!, ¡emoción!: eso que no está sujeto a la cadena, a la verja, a la llave.
Y eso, por mucho que nos esclavicen y nos garanticen seguridades, paces y conforts, no nos lo van a anular: ese ánimo nomádico, por pertenecer a un universo. ¡Que tenemos constancia de ello!, al ver simplemente las estrellas.
Es inevitable echar la mente a volar.
Y así el creer se hace evolutivo, cambiante, novedoso, sorprendente, descubridor.
No precisa la lucha y la pelea.
Y así se disuelven los barrotes de las seguridades, de las ganancias, de las posesiones…
Y en la práctica, nos hacemos subsidiarios de nuestra vocación, de nuestra entrega, de nuestras realizaciones.
Creer no es una “contra”; no es algo que vaya “en contra de”. No.
Es algo innato en la naturaleza del ser, por su nomádica presencia en un universo infinito.
Y el amar –como vehículo- es el sustento, como así ocurre en nuestro planeta, donde las tres cuartas partes nos cortejan con sus aguas, con sus mares, con sus amares.
Va a resultar que no es tan difícil creer. Va a resultar que no es una opción que he de estudiar para ver si me interesa o no, y probar. No.
Es simplemente dejarse ver.
Que cada uno se deje ver… y se descubrirá en la Nada Creadora, y en la presencia insondable, y en la inexplicable trayectoria.
Nos advierte el Misterio Creador, desde el Misterio Creador, desde nosotros mismos como expresión de ello, de nuestra naturaleza nomádica.
Y, en consecuencia, de proyectarnos como tales, como tales viajeros de universo, voladores de fe, ¡creyentes!
Voladores de fe, creyentes.
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