LEMA ORANTE
“Simultáneamente, todo ocurre”
JLP 15032026
Y todo se nos muestra moviéndose, cambiándose, transformándose, mutándose, transmutándose, ¡convirtiéndose!… ad infinitum. Como si fuera una suma…
Y en pocas ocasiones se contempla que, simultáneamente, todo ocurre…; que no hay un paso y otro…; que no nos desplazamos nosotros, sino el universo. Pero, en nuestros sentidos, nos vemos corriendo. Pero antes, ha corrido algo. Y antes de antes.
También, todo es creíble e increíble, todo es esperado e inesperado –por resumir en la dualidad-. Pero Todo está presente, sin tiempo, al instante.
Convivimos en todos los estados posibles que describimos en nuestro descubrir.
Pero lo más habitual es sumar y sumar…
Y así nos perdemos la simultaneidad.
Los seres transcurren de diferentes formas, maneras, aspectos… desde visibles hasta invisibles.
El instante de la memoria les da simultaneidad.
Pareciera que nuestro transcurrir es original, insólito, único, independiente… Pero nuestro transcurrir está impregnado de Todo; de ese Todo que se hace Misterio, que nos envuelve con todo lo viviente.
Cierto es que cada ser ofrece una original posición en base a sus dones, por los que ha sido traído, para servirlos en el transcurso de un instante de vida. Un instante que se prolonga sin tiempo, pero que marca en nuestros sentidos un ser y estar…
Y que, cuando transcurre hacia la transfiguración, hacia la mutación, hacia la conversión, entra en otros planos en los que no está integrado como con forma, como con estructura. Se conforma en la no forma. Sí, son palabras, pero están ahí para ayudarnos a sentir, a sentir de forma imperecedera, y no quedarnos en un trozo del transcurso.
La Clemencia, la Misericordia, la infinitud de la Bondad, se hacen muestras del Misterio Creador, que nos amparan para poder digerir lo que no es razón, lo que no es lógica, lo que no es entendimiento, lo que no es comprensión.
En nuestro hábitat del universo, precisamos de la Clemencia, de la Misericordia y de la Bondad infinita… para al menos sentir –en forma de “interpretar”- lo que transcurre, lo que sucede, lo que nos acontece.
Sin Clemencia, no podemos volver a empezar.
Sin Misericordia, no podemos contemplar la belleza.
Sin la Bondad, no podemos aspirar a la transparencia.
Y es así que la Llamada Orante nos conmina a que incorporemos la interpretación, la visión clemente, misericordiosa y bondadosa, a nuestras estancias, a nuestras motivaciones, a las de otros… Y así podernos sentir unificados, confabulados, integrados en expresiones de Misterio Creador.
Y al construir –como expresión de nuestra dimensión estructurada-, lo hacemos con el ánimo de la permanencia.
Aunque gravite “el comienzo y el fin”…, el sentido permanente es el que nos promueve a las realizaciones, a las concretizaciones.
Luego vendrán las razones y las explicaciones para advertirnos de los límites.
Y ahí, orantemente, hay que estar alerta… para no sentirse y evidenciarse como limitado.
Si soy eternidad y habito en ella, no tengo caducidad, aunque las muestras de evidencias racionales me enseñen lo contrario. Pero esas evidencias cotidianas, racionales, se basan en el producto de la estructura integrada. No se basan en los principios constituyentes, en los elementos de eternidad que configuran la forma.
Este detalle que habita en nosotros como subconsciente, como inconsciente, como sueños, como premoniciones… son expresiones de los componentes eternos que se integran en formas, en estructuras, pero que en determinados momentos –no inevitablemente- se desconfiguran: se hacen dispersas las motivaciones eternas, y vagan hacia otras perspectivas… para hacerse comunión con todo lo creado.
El Vacío Misterioso de la Nada nos permite congregarnos indefinidamente.
Y es así que en el alborozo de la Bondad debemos permanecer, para que, con ella, la Clemencia y la
Misericordia sean bendiciones que nos permitan esclarecer nuestros sentires, nuestras emociones… para que seamos realmente capaces de convivir con lo creado y con nuestra especie –a la que estamos afiliados-.
Bajo la Llamada Orante, las vivencias las hacemos permanentes, constantes, en esa infinitud que somos, sin acumular, sin necesidad de espacio, en base al ejercicio de la Bondad, que nos permite vernos en los otros y a los otros en nosotros… y así eliminar la competencia, la comparación.
Sin ser iguales, nos sentimos unidad.
Y esto nos permite seguir con entusiasmo, con consciencia de eternidad, en base a que nuestras acciones permanecen a través de las influencias que ejercen en los seres.
Nada se pierde; o, mejor dicho: no hay algo que se pierda. Todo está encontrado.
Descubrirlo y asombrarse de su magnitud… nos hace verdaderos creyentes de la eternidad, de la eternidad, de la eternidad en la que habitamos.
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