LEMA ORANTE
“Somos esencia divina, pero no somos dioses”
12072026*
Y con vértigo, casi sin ritmo, el cálculo de productividad, de renta, de ganancia, de beneficio, de aprovechamiento… se introduce en la consciencia del hacer creativo, diferente, variable, imaginativo, distinto, cotidiano.
Los algoritmos danzan con gloria y poder… y todo parece estar muy calculado.
Y ciertamente hay un “casi obligado” cumplimiento de la norma, la ley, la costumbre, la tendencia…
La imprevisibilidad, la sorpresa, empiezan a ser solamente personales. Y aun así se someten al cálculo, a la renta, a la ganancia y al beneficio que esto o aquello supone.
Las sociedades se hacen cada vez más beneficiarias, las comunidades se hacen cada vez más rentistas. Y no solamente ya desde la óptica del orden y desde la óptica de la renta, sino desde la óptica de la actitud personal.
El poder impone rigideces y normas de estricto cumplimiento.
Y los individuos de comunidades lo recogen y lo ajustan a su hacer. Y desconectan de su creación, de su universo, de su planeta.
Quedan anclados a la renta del momento.
Si los martes hay lentejas, no podrá haber –¡de ninguna manera!- ensalada. No. Es que los martes tocan lentejas.
Y hemos recorrido miles de miles de miles de cientos de miles de millones de años de estructuras, de evolución, de mutaciones, de cambios de colores, de olores, de sabores… para terminar diciendo que es inamovible, los martes, que se tomen lentejas.
¡No! No, no, no, no, no. No se puede… no puede ser.
Porque esto no es un retroceso, no, no, no. No es retroceso. Es una involución y una pérdida de emoción, de sorpresa…
Sin duda, la organización se precisa. ¡Claro! Sí. Pero, cuando la organización oprime, obliga, impone y se hace intransigente, deja de ser una organización. La organización, la formación de un órgano, la generación de una conformación de actividades, para su buena evolución, necesita ser flexible.
Como la organización dice que hay que estar en el parque a las 4, aunque haya un incendio a esa misma hora en la vivienda, no, no tiene sentido, “si es que hay que estar a las 4 en el parque”.
Se llega a esos extremos.
Y lo más significativo es que esos extremos se hacen “mentales”, y la mente se queda congelada, rígida. No sabe responder a una variable. Por supuesto, si no sabe responder ante una variable, menos aún reconocerá una genialidad.
No es lo que el Misterio Creador nos insufla diariamente: el ser rígidas estructuras de orden, producción, renta, beneficio. Más bien nos impele a promovernos en la creatividad, en la variabilidad, en los mínimos suficientes cambios.
Que sea motivo de una continua necesidad de búsqueda, de descubrir, de variar.
Las religiones, aliadas con las organizaciones de producción, renta, fueron estableciendo hormas, normas, ritos y festividades, para darnos la versión de un Dios ordenado, correcto, con mandamientos, con preceptos, con normas y leyes que multitud de leguleyos siguen en diferentes creencias.
No somos eso.
Conformamos una Creación de perspectivas ilimitadas, de características evolutivas y de sentidos innovadores.
Y bajo estas perspectivas, pareciera que hay como dos… –de nuevo la dualidad- dos opciones: o se sigue el rigor de la razón, del más fuerte, del más importante, del más poderoso, del que más grita, del que más impone… o se sigue la inspiración, la organización creativa, la promoción de innovaciones. En definitiva, seguir bajo el criterio de que “No respiro por mí. ¡No estoy vivo por mí! Un misterio –que tan solo puedo denominarlo así: misterio- actúa”.
Y no hace falta demostrar que esto es así. En cualquier dimensión en que nos pongamos, resulta evidente que somos “sustentados” por una Fuerza Creadora. Entiéndase por “fuerza” ese soplo, aliento, misterio… Y que, como vemos, nos ha conformado en una variabilidad ¡increíble!; una variabilidad ¡totalmente creativa!
Tan creativa, que cada individuo de cada especie se hace único y diferente.
¿Eso es acaso un signo de orden, rigidez, mando? ¿O más bien es un signo de intercambio, confabulación, ponerse de acuerdo, negociar, jugar...? Porque esas diferencias nos llevan a esa imprevisible actitud creativa, artística.
Y cada ser debería… –cada ser orante- debería –puesto que le obligan a programarse- debería incluir en su programación, en su algoritmo, en su rigidez, la posibilidad de evadirse. Entiéndase por ello el promover otras diferentes, distintas. Porque, además, estamos atravesando ese transcurso de seguridad, de norma, de rigidez, de orden… que además se tipifica como “zona de seguridad y de confort”.
“Bienestar y confort”: el eslogan de democracias dictatoriales; que sí, bienestar y confort, pero haciendo rígidamente.
Y el humano, a fuerza de insistirle –otros- en ese sentido, termina claudicando.
Y se apaña –valga la palabra “apañar”, “amañar”- su espacio de bienestar y confort. Y claro, ahí es muy difícil que surja una nueva emoción, una distinta imaginación; aunque en la imprevisible dependencia del Misterio Creador, todo es posible.
Pero en lo que cabe de vivenciar y descubrir la transmisión orante, nuestra disposición es la que debemos cuidar, en una imaginación a imagen y semejanza del Misterio Creador. “En una imaginación a imagen y semejanza del Misterio Creador”.
Y por todo lo creado, y por la diversidad y la imprevisibilidad de los aconteceres, me siento identificado con ello y me ejercito como tal. Y en consecuencia, no puedo caer en la ortodoxia complaciente, rigurosa, estática y decididamente personal.
Porque, sí: en esa textura que propone la sociedad, el transcurrir actual, cada ser se hace tan personal, que se pierde la gran oportunidad de ser universal. Y aunque le repitan millones de veces que es un microcosmos, se aferra a sus criterios y a sus puntos de vista. Usurpa las posibilidades de lo imprevisto e instaura normas rentistas –en cualquiera de los sentidos- que produzcan el beneficio y la renta: la más cercana, la más lejana y la más especulativa.
Sí. Se llega así a lo que decían antiguos filósofos: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Voilà!
Y claro, cada uno mide y valora “las cosas” según su modelo. Y ahí no entra ninguna Creación, ningún Universo, ¡no!
Como decía otro personaje: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.
La vanidad suelta no tiene límites, porque se hace sentirse divina, se hace sentirse poderosa.
Sin duda, todo ello producto de nuestra naturaleza, que es Misterio Creador; que somos de esa esencia.
Pero el ser de esa esencia no nos faculta para dominar, controlar, manejar, manipular. Y si se hace, es porque partimos de la base de que el llamado “Dios” nos maneja, nos manipula, nos especula, nos premia, nos castiga. Y bajo esa idea: “a imagen y semejanza de”, el ser actúa.
Y esa facultad de Misterio, que desde la tierna infancia fue gestando palabras, acciones, descubrimientos, alegrías, tristeza…; que se fue cimbreando en la infancia en el juego; que luego en la pubertad se hizo sorpresa; que la adultez convirtió en seria, y que en la madurez nos proyecta –nuestra propia especie- hacia una inamovible obediencia, para luego dejar en el abandono a lo longevo y que ahí se cumpla un final…, ese panorama, que gravita y hace que el ser planee y estructure, debe ser, al menos, replanteado por el orante.
Y si somos unidad en la Creación, no hay fases de sumación, sino hay “unidad de recreación”, con todos los aditamentos que implica una representación creadora, ajena al tiempo… y sujeta al cúmulo de posibilidades que, si bien se hacen preponderantes unas u otras en diferentes momentos, todas están presentes.
Y al estar todas presentes, sea cual sea nuestra señalada métrica de edad, respondemos con todas las fases: desde la tierna infancia hasta la ilimitada longevidad.
Somos una unidad ‘potenciógena’ que se expresa según la necesidad creativa de nuestra imaginación, de nuestra esencia de Misterio Creador.
Y aunque en una primera instancia –con los pensamientos actuales racionales- podría decirse que eso nos llevaría al caos, sólo recordar:
¿En dónde estamos…? ¿No estamos acaso en el seno de un universo que es un caos? Y, sin embargo, mantiene a la vez un lugar como éste, que conserva recursos para que el caos tenga consciencia particular, insólita, inimaginable, como es la vida.
Somos esencia divina, pero no somos dioses.
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