LEMA ORANTE
“Y a fuerza de golpes y duelos, el ser se cansa”
JLP 05072026
La guerra no deja de parpadear ni un instante. Golpea con sonidos, golpea con silencios, golpea con ausencias, golpea con propuestas… Hasta tal punto, que el vivir es un golpe. El vivir se hace golpes. Y “¡los golpes que da la vida!” –se escucha por cualquier rincón-.
“La vida”: un acontecer golpeante. Se llega a esa conclusión, cuando cada cual asume que él es la única versión, que él es el único verdadero, que él es el único que vive según sus ideas. Claro, se va a golpear.
Y así, cada cual, con sus golpes, sus moretones, sus inflamaciones, sus quejas… hace de la vida un duelo. Un duelo, porque se rompió la lavadora, porque no salió el viaje, porque… Siempre hay un porqué. ¿Más importante o menos importante? Depende de la posesión que cada uno sienta. A mayor posesión, la pérdida será más golpeadora.
Y hasta el poeta: “golpe a golpe, verso a verso”. ¿Es que tampoco se puede versear –permitamos la palabra-, poetizar, sin que duela? “Es a golpe de...”.
¿Somos un diseño exclusivamente preparado para el duelo… y ahí, ahí transita nuestro poder? Que cuando pierde, pues… es terror. Cuando gana –¡ah!, cuando gana- es ¡maravilla! Es un asunto de posesión: se posee, se tiene, y cuando no se tiene, se golpea.
¿Pero ése es nuestro diseño realmente? ¿Somos un diseño preparado, listo para vivir ¡golpe a golpe!, ¡golpeados!?
¿O más bien somos un diseño exquisito, frágil, que podemos hacer hazañas y subir montañas y bajar profundidades y otras habilidades?
¡Sí!… Pero a golpes, ¿eh? A golpe de respirar sin aire se asciende a la montaña. A golpes de compensar profundidades, se baja.
Y además de jugarse las posesiones –día a día, claro-, se le añade… –más que añadir, era inevitable- el cansancio. ¡Ay, el cansancio!
Y a fuerza de golpes y duelos –¡por sobrevivir, por pertenecer, por tener, por poseer!-, el ser se cansa, y parece haber nacido cansado.
¿La vida cansa? ¿Vivir cansa…? Y de nuevo la expresión: “estoy cansado de vivir”.
¡Y eso sí! Todos los posesivos, obsesivos, compulsivos, golpeados, dominantes, cansados, se consideran creyentes. No sabríamos decir en qué creen. A lo mejor sólo creen en sus venturas, en sus logros, en sus bienestares, en sus posesiones, en sus… en eso. Pero eso no es una creencia, eso es un egoísmo.
¡Con qué facilidad se camuflan las cosas! Y se le achaca a un buen Dios el que te castigue y que te premie.
A golpes.
.- Cuando te golpea fuerte –Dios, claro-, pues, pues… ¡se dice que siempre se aprende!
.- ¿A qué?
.- A devolver el golpe, ¿no? A esquivar el golpe. A recluirse para no recibir golpes.
Finalmente, claro, como todo es un combate, el ser declara “el campeonato mundial de golpes contra mí mismo”. Voilà!
“Pues no comeré, no dormiré, me cansaré más –sólo de estar-. Me quejaré, aparentaré, haré… haré-haré-haré-haré-haré”.
Voilà!
Claro. Vivir así cansa mucho. Mucho. ¡Muchísimo! Tan cansado es vivir así, que cualquier acción es agotadora.
¿Cómo es posible? Tenemos un diseño biodinámico, biológico, neuromuscular, inteligente, flexible… Un sistema cardiovascular competentísimo. Pero... ¿cómo? ¿Qué es lo que se está haciendo mal?
Sí. Se ha convertido el vivir en una carrera de obstáculos que, “a golpe de” sacrificios, esfuerzos y demás torturas, se consigue esto o aquello. Y luego, claro, hay que defenderlo. A golpes.
Y si la sensibilidad que nos adorna a todos se activa un poquito –¡un poquito!; tampoco mucho, un poquito-, estaremos en duelo permanente, constante, continuo, por Bangladesh, por Calcuta, por Uttar Pradesh, por Rusia, por Ucrania… ¿O no merecen que nos sensibilicemos y sintamos también los golpes de los que están presos, de los que están torturados? ¿O sólo nos interesan nuestros presos y nuestros torturados?
Por eso, depende de la sensibilidad, ¿verdad?
¡Ah! Cuando me toca a mí, entonces soy ¡súper, ultra, mega sensible! ¡98 octanos de sensibilidad! ¡Guau!
Pero si no me toca, mientras les toque a los demás, pues bueno… ¡Hombre!, sí, siempre te… te-té, ¿te-qué?
La sensibilidad se ha vuelto también –como cabría esperar- egoísta. Y se siente cuando algo te pertenece. Y si no te pertenece, ¡bueno!... “Oye, qué mala suerte ha tenido Ambrosio, Luisa, María, Antonia, Ahmed, Mohamed, Gabriel, Antonio… Qué mala suerte. Ya lo siento, ¿eh?”. ¡Mentira! Mentira, mentira, mentira –más que partida es retorcida-.
.- Lo siento.
- No lo sientes. Digamos que “bien, vale, de acuerdo”, pero no.
¿Tú sientes el hambre, el martirio, los castigos, la burla –por ejemplo- que sufren los palestinos que están encerrados en las cárceles israelíes? ¿Lo notas? No, ¿verdad? ¿A que no?
- No, no, no. Seguramente no.
- ¿Tú sientes el dolor –o más allá del dolor- que siente la madre que lleva un año esperando en la puerta de una cárcel para que le digan dónde está su hijo, cómo está su hijo…? Lo lees.
Dice:
- ¡Hay que ver! ¡Qué mal lo estará pasando!
- Sí. ¿Y tú qué tal?
Ciertamente somos una especie solidaria, pero parece que se ha acabado la soldadura; que cada uno se ha soldado en su reino de taifa, con su nombre y apellido, natural “de”… y ahí está su criterio, su valía, su poder. Y todo lo que sea aminorar esa “Caixa”, esa propiedad, ese cortijo, pues va a ser terrible; sí. Y todo lo que sea acrecentarlo, va a ser maravilloso. Los cortijos de al lado, los de allá, los del otro sitio, pues… qué decir:
.- Mira que lo siento, ¿eh? Una limosna daría, y la ropa que me sobra también… Pero, claro, ése no es mi problema.
.- ¡Ah! “No es mi problema”.
¡Pero éramos una especie solidaria!, ¿no? O somos. Pero hemos cogido la soldadura para soldarnos a nosotros mismos con nosotros mismos. “Con mi culpa, con mi culpa, por mi grandísima culpa”. Claro, por supuesto, la culpa es de otros. Así puedo mantener viva mi rabia, mi rencor, mi desazón… porque la culpa es de otros.
Claro, orar así puede ser hasta un martirio, ¿verdad? ¡Claro! Porque va en contra de la sensibilidad personal de cada uno.
Que el orar se convierta en un martirio, evidentemente supone que cada uno busca su altar, que en el fondo es él mismo, y le pone un nombre: Yahvé, Alá, Buda o cualquier… cualquier nombre vale. Aunque, claro, el nombre de cada uno es más importante que el del otro.
La Llamada Orante es una denuncia hacia nuestras desviaciones. Es una denuncia que nos hacen para que corrijamos, recuperemos, nos identifiquemos con nuestra naturaleza ¡creadora!, ¡universal!
La Llamada Orante no es un paño caliente. Y la que escuchamos nunca lo ha sido. A veces, a unos les duele más y a otros menos. Pero si resulta dolorosa es porque, realmente, el amor se ha entibiado ¡tanto!, el ego se ha hecho ¡tan grande!, que necesito a mi Dios: el mío; el que me comprende, el que aviva mi dolor, el que aplaude mi temor.
Tengamos un poco de piedad. Sí. Un poco de piedad sobre tanto golpe. Un poco de piedad sobre ¡tanto poder!, ¡tanta propiedad! ¡Desprendámonos un poco de nuestra importancia personal! Hagamos una limpieza de ¡tantos enemigos! Quitemos tantos rencores oprimidos, escondidos, guardados…
Son miserias. Son egolatrías que nos martirizan.
El humano se ha convertido en ese pequeño dios que lo quiere todo para él.
Y el “todo”, para cada uno es distinto: para uno será su familia, para otro serán sus coches, para otro serán sus yates, para otro serán sus huertos, para otro serán sus hijos, sus madres, sus padres, sus amigos…
“Sus”. ¡Suyos!
¿Desde cuándo se ha promulgado la ley de propiedad de “lo mío”? ¿A ver si no existe? ¿A ver si yo me lo he montado… así?
“Esta madre es suya; en propiedad. Este padre también; en propiedad. Puede usted hacer con él lo que quiera, es suyo. Este hijo, esta hija, este nieto…”.
Por seguir la estela familiar.
Y claro, en base a eso, nos vemos con la obligación de gestionar esas propiedades. Que no están escritas en ninguna parte; que las hemos incorporado en nuestro lenguaje. Y neuro-lingüísticamente las hemos declarado propiedad.
No son responsabilidades que tenemos que asumir como parte del vivir, no. Son propiedades que tenemos que defender.
Pero, claro, todo eso proviene de la defensa personal; de que el sujeto entra en combate con el entorno y consigo mismo. Se hace un experto en jiu-jitsu. Sí, sí. O sea, es cinturón “vigésimo cuarto dan” de… ¡yo qué sé! Es capaz de dañarse hasta la última célula, ¡machacarla!... para demostrar que es fuerte, que es poderoso.
Sería cuestión de plantearse, ¿verdad? –como nos dice la Llamada Orante-, qué nivel de aniquilación… Con tantos marcadores que hay ahora –marcadores para el riesgo vascular, marcadores para la artritis reumatoide, marcadores para...-, habrá un marcador para la autolisis personal, ¿no? ¿A ver si ese marcador está alterado? Y la persona tiene que decir:
“¡Eh, eh, eh! Espera, espera, espera… ¿Por qué está alterado? ¿Cómo están mis dominios? ¿Cómo están mis posesiones? ¿Cómo están mis ganancias?”.
Sí; la Llamada Orante nos denuncia. Nos denuncia… y es una denuncia de “anunciar”. No es una denuncia de castigo, ¡no! ¡Eso podría gustarnos!, porque se parece al golpeo, ¿no?, a la guerra. No. Nos denuncia para recordarnos nuestra naturaleza, para exigirnos el comportamiento verdadero de un creyente.
Nos denuncia como la anunciación conocida: “nos anuncia que…”. Pero no nos suele gustar, porque atenta con nuestra propiedad privada.
Y el Misterio Creador no es privado. A nadie le pertenece. Somos expresión de ello. Más a favor para tabular nuestros marcadores de autoflagelo, de autoculpa… y de culpar.
Sí. El ser no ha hecho fácil vivir. Ha convertido el vivir en una conquista, en un dominio, en aprobar unas oposiciones, en alcanzar el puesto de juez, en lograr ese conocimiento, en… –ese largo etcétera-.
Golpe a golpe. Sin un verso que nos libere de la refriega, del roce, de la herida.
Porque cuando el verso se hace, no necesita del golpe. Se extasía por vivir. Se modula por respirar. Se hace rítmico al hablar. Se hace encanto al cantar.
¿Es que acaso, para versear, necesito de un golpe que me llame…? ¿O puedo piropear a una aurora boreal?
¿O puedo ensoñar en un viaje de alianza, en un arcoíris perdido, de esos que se van?
¿Puedo versear sin golpes…? ¿O el verso es un producto del maltrato, del duelo, del daño? Para perpetuarlo, claro.
Y sí: todo ello hace que la vida sea muy cansada. ¡Cansadísima! Y además se suele apoyar sobre sí misma. Y ni células madre, ni células hijas, ni sistema inmune, ni billones de neuronas parecen servir para algo.
Parece que todas se han domesticado para quejarse, para llorar, para ¡rabiar!, para ¡odiar!, para… dolerse y cansarse.
No. No somos un dolor permanente. No somos propietarios. Y muchas veces lo hemos escuchado: “No soy de mí. No me pertenezco”.
No. No soy propietario de algo, de alguien. No. Soy una vibración de una Creación. Pertenezco a una Creación solidaria. Soy un motivo de gozo permanente, no un motivo de dolor constante.
¡Que sí! ¡Que sí hay causas y acontecimientos terribles que nos duelen! ¡Claro!, sí, ¡es cierto!
¿Y nos vamos a quedar ahí? ¿Nos vamos a quedar a vivir en el cementerio… o en el hospital o en la cárcel?
Que todo eso y todo ello lo hemos ido gestando nosotros como humanidad.
¿No será el momento de “la gran evasión” de esas cárceles del alma? ¡Que no se liberan con la muerte!: una falacia más a la que aprieta el ser como para liberarse de sus dolores, que son expresión de su egoísmo por lo que pierde, por lo que ya no tiene. Y que se ‘enfija’ en sí, pero… incapaz de compartir.
¿No será el momento ya de, además de la gran evasión de esa cárcel del alma –que no aspira a perder su cuerpo, que aspira a animarlo-, no es hora de salirse del cementerio… y convertirlo en pradera?
¿No es hora de dejar las dolencias de hospital, y sentirnos curados, sentirnos sanados, sentirnos en la locura de confiar en nuestras capacidades y recursos como vivientes?
¿No podemos…? –en esta denuncia que nos hace la Llamada Orante a seguir manteniendo cementerios, hospitales, dolores continuos, golpeados incesantemente y ¡cansados!, cansados de vivir-, por un momento, ¿no podemos pensar, cuando decimos o exclamemos que “estoy cansado de vivir”, que es una gran ofensa al Misterio Creador?
Somos Misterio Creador, expresión de ese insólito acontecer que es la vida.
¡No estoy hecho para cansarme!... Estoy hecho para aligerarme, para fantasearme, para ilustrarme, para entregarme, para darme.
Denunciemos nuestras quejas, rabias, rencores, odios, penas, duelos, ¡terrores!
Démosles su merecido, con el aliento de la alegría, con la sonrisa, con ¡el entusiasmo!, con el sentirse ¡vivos!
No caigamos en el abatido instante, que se hacen horas y días…
Somos motivo de ¡liberación! No, motivo de sufrimiento.
La Llamada Orante nos denuncia para anunciarnos ese nuevo mundo, que es deslumbrarnos por sentirnos vivos, por pertenecer a una Creación, por habitar en un Universo, por residir en unos pies, en unas manos, en una fantasía, en una ilusión.
¡Aleluya!
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