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LEMA ORANTE

Conversión”

JLP 11012026

 

Cada instante de oración supone una con-versión, puesto que entramos en otro espacio, en otro concepto, en otro tiempo… distinto al cotidiano, en el que la razón, la lógica, el cálculo, la previsión, etc., son los habituales regidores de cada instante.

 

Si nos fijamos con cierto detenimiento en esos regidores, podemos comprobar que se nutren de una fuente de soplo, de una fuente de ánimo, que, estructurada de una forma específica, se hace razón, lógica, lógico entendimiento y comprensión, etc. Es la misma sustancia que nos lleva al aliento del vacío, al aliento de… el descubrir, el aprender y el desvelarnos en otras percepciones y capacidades.

 

Y no es que sea una función dual; es una sola función. Lo que ocurre es que, predominantemente, se inclina más hacia una faceta productivista, rentable, ganadora, especuladora, exigente, crítica, etcétera, etcétera, etcétera.

 

Es ahí, en esa predominante función, cuando nos llaman a orar para reconvertir, recapacitar, regresar… a ese núcleo prioritario que es el aliento, que es el ánima, que es –por decirlo culminantemente, aunque no es lo más apropiado- el espíritu.

 

Y decimos que no es lo más apropiado, porque se presta a tantas interpretaciones, a tantas especulaciones… Pero bien: pongamos un hito ahí, como referencia de Decisión de lo Innombrable, del Amor, de la Solidaridad, del Soplo Espiritual Sensible…

 

Pero, puesto que estamos animados por una única entidad, e inclinados preferentemente hacia una tendencia: la conversión –que hacemos nuestra como lema para este curso, para este año-, además de purificar todas esas decisiones y planteamientos, el converso se conversa a sí mismo, se contempla en su dimensión cotidiana, y suspira y aspira a modificar, cambiar, convertir –lo blanco en negro, lo azul en amarillo; por poner un ejemplo-.

 

De esas actitudes materiales, exigentes, demandantes, pasar a inmateriales, no exigentes, servidoras, no demandantes, adaptables… –por ejemplo-.

 

Es o debería ser obvio que esa conversión es muy particular. Pero, aunque sea particular, individual, hay un efecto común. El efecto común es que hay un paso, un trance de lo exigente-demandante... a lo servidor-disponible; de lo material concreto, a lo inmaterial diverso; de lo crítico y queja permanente, a la admiración ajena y la adaptación complaciente.

 

Un salto… –un salto más que cuántico- de “poseedor –como humanidad- de la verdad”, a disponible escucha de las posibilidades.

 

Una conversión de ese querer que está poseído con posesión permanente, a ese amar que está dispuesto a la entrega incondicional, según su entorno, su demanda…

 

Todo ello –y más, pero así como básico- es común. Luego, cada ser le dará el matiz, la forma, la manera, el ritmo...

 

Esa con-versión –o sea, otra versión de uno mismo- es, insisto, personal; que tiene en cuenta sus recursos, sus dones, su posición, pero que no está sujeta al mando y a la orden de nada ni de nadie.

 

Luego, en la medida en que el ser se convierte, se sintonizará, se harán alianzas, se planearán diferentes realizaciones. Pero la conversión parte de una apertura del libro personal, una lectura del libro personal, que nos permita una serie de conclusiones en las que no se culpe, no se condene a nada ni a nadie… y veamos nuestra trayectoria con el suficiente misterio y con la eficaz decisión de no buscar culpables de nuestras posiciones, de nuestras situaciones.

 

Esto sería un retroceso importante que “incapacita” otra versión de nosotros.

 

La comodidad, el acomodo, la seguridad… son patrones que no pertenecen a lo sutil, a lo converso.

 

Los hábitos, las costumbres, los “seguros” –de seguridades-, también entran en el puzle de la conversión. Y no se trata de que se borren, se quiten, se tachen, se combatan. Se trata de contemplarlos. Y, bajo la nueva versión, saber qué actitud, qué posición vamos a tomar con respecto a ellos.

 

Dada la condición de seguridades, de razones más que justificadas, encontraremos, en esa actitud contemplativa hacia la conversión, un obstáculo muy severo: que suele generar inseguridad, miedo, incertidumbre.

 

Ahí pondremos a prueba nuestro grado de honesta sinceridad, para que esos frenos… y para que se ponga en evidencia nuestro grado de fe y de creencia, que a lo mejor no da para ese salto. Pero que, al menos, en la prospección del intento, el ser descubra lo que tiene pendiente. El ser descubra que no es… quien es. El ser se ponga en evidencia ante sí mismo.

 

En esa con-versión, nada puede quedar al margen. Las mayores seguridades deben ser minuciosamente contempladas para hacerlas más vitales; más certeras y creativas.

 

La plasmación de esa conversión se hace a pasos de ritmos muy variables. No se trata de un retiro especial para ver… No. Es algo de hacer “cotidianamente”. Y eso nos permite airear y desempolvar los axiomas, leyes y normas que están ahí, aquietando nuestro verso; impidiendo que nos veamos en un verso realmente innovador.

 

No hay una fecha exacta de comienzo. Es ¡ya!

 

Ya se comenzó en el reciente encuentro, en ese vivir crucificado en el que se mostraron coordenadas de conversión, para desligarnos de la crucifixión y entrar de lleno en la resurrección: el equivalente a la conversión.

 

Y esos movimientos conversos los notamos nosotros antes de que los demás se aperciban de ello.

 

En la conversión solo se cuenta con el Misterio Creador, que en sí mismo somos también nosotros.

 

Y en esa conversión, en el vivenciar cotidiano no arrastramos a nadie. Más bien nos colocamos en la

posición de disponibles, de útiles. Y así surgirán las comuniones y las connotaciones solidarias, realmente valiosas, fieles.

 

La puerta se ha abierto. No dejen que se cierre.

 

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