LEMA ORANTE
“La vida se hace un instante, cuando se la contempla como luz” JLP 08032026
La vida se hace un instante, cuando se la contempla como luz…
Momentos, púlsares, corpúsculos de instantes… a una velocidad más allá de la velocidad, que brinda oportunidades para brillar, para descubrir, para sentirse luz.
¡Tan breve es el instante!... que la luz no lo recuerda.
De ahí que el famoso “tiempo”… pase sin darnos cuenta. Y, de repente, alguien cae en que ya han pasado 40, 50, 60 vueltas alrededor del sol. Y apenas si puede reunir un puñado de impulsos… llamados “recuerdos”.
¿Y el resto? ¿Y el resto del llamado “tiempo”? ¿Qué ocurrió? ¿Qué pasó? ¿Fue tan voraz como la velocidad de la luz, y no nos dio tiempo a percatarnos de ello? ¿O quizás ni siquiera existió?
La Llamada Orante nos sitúa en la toma de consciencia de cada instante; que va más allá de vivir el presente; que recoge nuestra consciencia –sensación de consciencia- de que habitamos en un infinito, aunque no sepamos –por supuesto- qué es.
¿Hay algún personaje ilustre –que recuerde nuestra Historia- de hace 7.000 millones de años? Por ejemplo. Bueno, no tanto: 450 millones de años. Eso, puede ser que haya alguno. ¿Y el resto? ¿Estuvo? ¿Pasó? ¿Vivió? Ya, sobre sus residuos calcáreos se edifican edificios, carreteras…
¿Es eso el vivir…? ¿Llegar a ser cimiento de un parque o una central nuclear?
Realmente, ¿se llega a alguna parte…?
La Llamada Orante se nos presenta con incógnitas sin resolver, con preguntas del instante, que podemos abandonar o podemos ignorar o decir que no se entienden.
O decir que nosotros empezamos en el 1.927 o 37 o 47, y ya. Y ya.
¿Y ahí empezó la vida…? ¿Antes… no existía?
Puede parecer un planteamiento cruel. Pero ¿qué es… o qué sería la crueldad, en manos del Misterio Creador? ¿Tiene algo que ver con nuestra crueldad?
A todo esto: ¿ese Misterio tiene alguna característica reconocida por nuestra naturaleza?
Le damos atributos, sí; que, obviamente, no se pueden demostrar.
Le damos atributos de ignorantes fantasías, quizás para justificar nuestra importancia personal.
Ese instante o momento –volviendo a él- es el relámpago, el chispazo de la vida, de ese transcurrir bajo la óptica de verla como luz, vertiginosa hazaña de la Creación.
¡Ayyyyy! ¡Siempre nos quedamos tan cortos!... a la hora de acercarnos, que la luz se nos hace tan inmensa que… preferimos quedarnos en un trueno, en un sonido que va más lento, que es más llamativo quizá…
Aunque, probablemente, la vida sea una tormenta: un instante de agua… un momento de ruido… y una chispa luminosa.
Quizás, si asumimos esa imagen –de sonido, de agua, de chispa- podamos recogernos en ese transcurrir de la luz, y ver cómo… –ver, oír, sentir, oler, saborear, tocar-, en cada oportunidad, tenemos la ocasión de descubrirnos en la inmortalidad.
Sí. Como la luz que viaja y viaja, y sigue su rumbo a… no se sabe dónde: a ser tragada por algo oscuro, y no por ello desaparecer, sino aparecer en otro panorama.
Agua somos –es claro-, y ruido hacemos. El deslumbrar, el sentirse luz… correspondería a ese instante de secuestro enamorado que, en definitiva, sería lo que nos hace permanecer.
Y rodeado de miles y millones de aconteceres, tan sólo uno –uno- sea el que nos dé la identidad de estar… o de ser.
¡Qué efímera posibilidad de inmortalizarse!...
Ser tan sólo unas gotas de rocío, un aplauso del viento y un incipiente amanecer.
Por una parte, podríamos decir: “¡Qué poco se necesita para sentirse vivo!”… Pero, por otro lado, el acumular riquezas –de cualquier naturaleza-… nos lleva como a llenar espacios sin sentido; que quizás otros recuerden, pero nosotros no.
Orantemente, todo se nos pone en un caos, en un “sin tiempo” que, por quererlo atrapar, necesitamos numerarlo y encerrarlo en una hoja de calendario.
Con qué facilidad, ¿verdad…? Con qué facilidad, todo puede perder sentido. ¡Y con qué oportunidad!... en un instante –que es algo menos que instante, que no es tiempo- todo puede tener una inmortalidad.
¡No! No nos dan a escoger. No podemos escoger.
Esa es una fantasía más –sin ser fantástica-, en la que el sujeto cree que escoge esto o aquello. Una pequeña vanidad más, para demostrarse protagonista.
¡Somos territorios de nada!... que, por un extraño y misterioso acontecer, nos conformamos y nos hacemos conscientes de lo que somos –que no sabemos qué-, por un momento, por una circunstancia, por un instante que pasó, que ocurrió. Y en torno a él se fue gestando toda una serie de coronas y coronas… –entre coronas de espinas y coronas de flores-, haciéndonos casi rosales que se marchitan y… ¡quién sabe!
Siempre quedados, quedados con la pregunta: “Y después de esto, ¿qué?”.
Por un instante, todo se puede venir abajo o todo puede convertirse en volcán.
Todo esto son sugerencias, desde el propio Misterio Creador, para cimbrear nuestras creencias, nuestros tótems, nuestras seguridades, nuestras pertenencias, nuestros acomodos y nuestras rabias y privilegios.
Bastaría con unas lágrimas, un grito y un abrir los ojos, para dar por bueno el haber vivido, el vivir.
Nos puede parecer poco; pero, si se estira, puede hacerse muy largo o… o breve o –depende- justo.
Una gota de rocío –¡una!- con su sonido al tocar la hoja o la tierra… y una luciérnaga saltar en el mismo instante, eso sería nuestra realidad.
Perderían su sentido los hígados, los riñones, los pulmones, los bazos, los cerebros…; toda esa inmensa organización ¡tan desconocida!, y aparentemente ¡tan conocida!
Quizá –quizá-, en base a todo ello, merezca la pena llorar; es un punto. Y gemir; es otro. La chispa tendrá que venir.
Y así seríamos peregrinos de llantos y quejidos, en busca del auxilio de quien nos puso así.
No. No hay motivo para el desencanto. El llanto no es necesariamente doloroso. Y el quejido no es una queja, es un sonido que ayuda a la propulsión de la lágrima.
Pareciéramos una súplica –quizás sí- que transcurre esperando ese instante de luz, ese arrebato pasional enamorado.
Quizás sea el propio Misterio el que así se muestra… y que nos llamamos nosotros.
¡Ay! ¡Cuánto queda!... Cuánto queda para sentir plenamente, sin fisuras, ¡sin dudas!
Nos aguardan para asaltarnos en cualquier momento, pero… no sabemos cuándo.
Nos queda disponernos para que la luz pueda asentarse.
¡Nos queda disponernos en suficiente oscuridad!, en la infinitud de la ignorancia, para que la luz se haga presente, para que esa chispa se unifique en esa trinidad del quejido, la lágrima… y –en definitiva- la búsqueda incesante que el vivir nos da.
No se puede tratar de entender estos mensajes.
No son para el entendimiento. Son para la existencia.
El entendimiento es un arsenal de mercancías, una tropa de armamento.
+++
